Ustedes no me eligieron a mí, sino yo a ustedes, y les encargué que fueran y dieran fruto. Mi deseo es que su fruto dure. Así el Padre les dará todo lo que pidan en mi nombre.
San Juan 15:16 (PDT)
Durante la semana estuvimos recorriendo la historia de dos hermanas y su particular forma de acercarse a Jesús. Cada una de acuerdo a su personalidad, porque aunque eran hermanas, las dos eran muy diferentes.
Todos nosotros somos distintos, únicos y tenemos nuestra propia manera de relacionarnos con el Señor. Para algunos es importante la cantidad de tiempo que pasan en Su presencia, otros ponen el acento en la calidad.
Sea cual fuere el método o modelo que utilicemos, lo fundamental es que hagamos de ese acercamiento un hábito constante; que no lo releguemos por las urgencias que surgen continuamente.
¿Por qué es importante que seamos intencionales en esto? Porque la relación entre dos personas se alimenta y crece a través de los encuentros.
Jesús conocía los pensamientos del Padre porque pasaba tiempo con Él, se enfocaba en un diálogo profundo, que a veces duraba toda la noche, y no permitía interrupciones.
Ese tiempo de soledad y comunión lo preparaba para la misión que tenía que desarrollar al día siguiente, donde lo esperaban las múltiples demandas de la gente que lo rodeaba y lo seguía a todas partes.
Nosotros, que somos sus discípulos actuales, estamos convocados a priorizar nuestra relación de intimidad con Jesús antes que las tareas que desarrollamos, incluso las ministeriales. Esos encuentros, si lo permitimos, nos “limpian” de todo lo que estorba y muchas veces nos impide dar fruto, aunque exteriormente nos vean exitosos…
La fe y la confianza necesitan un proceso para desarrollarse. Aprendemos a confiar en alguien en la medida en que lo conocemos. Es muy difícil confiar en alguien desconocido, en aquellos con los que solo tenemos una charla superficial de vez en cuando y, por supuesto no puede florecer una relación donde hay sospecha. Precisamente, la confianza es lo opuesto a la desconfianza.
Así como decimos que los amigos son amigos “en las buenas y en las malas” podemos asegurar que la fe se profundiza “en las malas”. Hay momentos en que miramos alrededor y no encontramos en quién confiar, es entonces cuando lo mejor que podemos elegir es levantar la mirada y creerle al Único que nos ama realmente. Él recibe a cualquiera que se acerque y le pida auxilio, podemos estar seguros de que no tiene favoritismos y tampoco prejuicios en nuestra contra y eso nos inspira confianza y nos da paz.
Es verdad que esta idea la repetimos una y otra y otra vez, pero a todos nos sucede que luchamos con nuestros tiempos y nuestro deseo y necesidad de intimidad con Dios. Como cuando los recién casados se provocan a vivir sus primeros días juntos en soledad, “la luna de miel” no depende tanto del lugar, aunque puede ser importante, pero nada se compara con el primer almuerzo, las primeras mañanas y toda la frescura de los primeros tiempos descubriendo una nueva vida en unidad.
Así lo destacó Dios al llamar a la iglesia “Su esposa”… sinónimo de intimidad, encuentro, permanencia y tiempo compartido. El Padre nos pide estar cerca de Él para provocar la unidad de Su iglesia
Que el Señor obre en cada uno de nosotros, que somos su iglesia, para que podamos crecer en nuestra relación con Él y también con nuestros hermanos, para que los lazos de confianza y amor sean reales y resistentes a todo tipo de pruebas.
Es un nuevo tiempo de amor con Dios y los hermanos, que tu intimidad y amor al Señor se refleje en tu amistad con tus hermanos, tu compromiso con la iglesia y tu decisión de hacer discípulos de Cristo a quienes te rodean.
Mónica Lemos
