Frío interno

Los israelitas partieron de Sucot y acamparon en Etam, que es donde comienza el desierto. Durante el día, el Señor iba delante de ellos y los guiaba mediante una columna de nube; durante la noche, los alumbraba con una columna de fuego. Así podían avanzar de día y de noche. Y en ningún momento del día se apartó de ellos la columna de nube, ni tampoco de noche se apartó la columna de fuego.

Éxodo 13: 20-22 (RVC)

(Énfasis del autor)

Durante los años en que el pueblo del Señor anduvo por el desierto, Dios siempre los guió y estuvo de su lado. Su cuidado fue tan detallado y especial que de día, cuando el sol abrasador quemaba la tierra y el calor se hacía insorportable, una nube cubría a los peregrinos para que pudieran caminar sin dificultades. Y de noche, además de los peligros de la oscuridad, en el desierto el frío puede ser extremo así que una columna de fuego los rodeaba y les aseguraba luz, calor y compañía.

El Señor no solo los había sacado de la esclavitud sino que los acompañaba y los protegía de los climas extremos. Su cuidado fue tan específico que no les faltó alimento, agua ni ropa

durante todos esos años.

Sin embargo, llegó un momento en que por el cansancio de la travesía que parecía no tener fin, los que habían salido de la esclavitud camino a la tierra prometida empezaron a sentirse desconcertados, molestos, irritados… se les hacía muy larga la espera y no tenían un horizonte concreto a la vista. La tierra prometida era solo es una promesa muy lejana. Los reclamos empezaron a ser el único tema de conversación y poco a poco el deseo de volver atrás se fue haciendo cada vez más fuerte.

Nuestra vida espiritual a veces atraviesa tiempos de sequedad, desilusión y desconcierto. Tenemos la garantía de la presencia de Papá con nosotros, pero las carencias, la soledad y los problemas que nos abruman de pronto producen en nosotros algo así como un frío interno que congela nuestra fe. Hay momentos en que no podemos sentir nada.

Seguramente escuchaste esto alguna vez la frase: “era una persona de fe, pero se enfrió”. Es una expresión figurada, pero podemos trazar un paralelismo, una semejanza con lo que sucede en nuestra vida biológica.

Nuestros cuerpos tienen e irradian calor. La temperatura corporal normal es de aproximadamente 36 grados, por debajo de 35 grados se debe buscar ayuda médica porque hay riesgo de sufrir hipotermia. Cuando una persona está durante mucho tiempo en un lugar donde hace mucho frío y no está suficientemente abrigada puede sufrir hipotermia, incluso llegar a perder la vida. A este tipo de muerte se la llama “muerte dulce” ya que quien la sufre no experimenta ningún otro síntoma, simplemente se queda dormido para siempre.

Para que el cuerpo reaccione y recobre la temperatura óptima es necesario que quien la asiste se tire literalmente sobre el cuerpo frío y le transmita su propio calor, gradualmente. El cambio debe ser paulatino porque es peligroso que se la exponga de golpe a una fuente intensa de calor.

Puede sonar extremo tal vez, pero a veces lo mismo puede suceder con nuestra relación con Dios. El vigor de nuestra fe puede enfriarse hasta parecer que la perdemos sin que nos demos cuenta. Simplemente nos vamos sumergiendo en una especie de apatía, de letargo hasta que ya no podemos reaccionar. Permanecemos solos, “congelados” en nuestro estado de desamparo. Es entonces que necesitamos imperiosamente el auxilio de alguien que nos cubra con su suave calor, nos cobije de tal forma que podamos reaccionar y nuestra fe recobre vida.

Mirá atentamente a tu alrededor, tal vez descubras a algún hermano cuya experiencia vital de fe se está enfriando y vos podés ser agente de cobijo y calor, ese mensajero del cielo que avive el fueguito que arde débilmente. Dios puede usarte como un agente de primeros auxilios espirituales con el lazo suave y sanador que atrae al que está como congelado. ¿Por qué? porque seguramente alguna vez hayas vivido o puedas llegar a experimentar una situación parecida.

Seamos en esto también como Jesús de quien Isaías 42 dice:

Aquí está mi siervo, el que cuenta con mi apoyo, mi elegido, con el que estoy muy contento. He puesto mi Espíritu en él. Traerá justicia a las naciones. No discutirá ni gritará, ni se hará oír en las calles.No romperá la caña que ya está quebrada, ni va a apagar la mecha que apenas está encendida. Él sí hará justicia.

Isaías 42:1-3 (PDT)

(Énfasis del autor)

Mónica Lemos