«Derramaré agua sobre la tierra sedienta, y torrentes sobre la tierra seca; derramaré mi Espíritu sobre tu posteridad, y mi bendición sobre tus descendientes.»
Isaías 44:3 (LBLA)
Estamos llamados a influir en otros: en nuestros hijos, hermanos, padres, amigos y vecinos, para que puedan creer en un Dios de amor. Esto sucede cuando somos personas confiables.
La claridad de la Palabra no nos deja lugar a la duda. No podemos titubear en nuestra decisión de ser íntegros delante de Dios y de los hombres, tanto frente a quienes más nos conocen como a quienes apenas conocemos. Si tomamos conciencia de que somos los que reflejamos el carácter de Jesús y que la iglesia representa el ministerio de Cristo, sin duda seremos “la luz del mundo”.
Este es el tiempo para que el Espíritu Santo obre a través de nosotros. Para que Su carácter, el fruto del Espíritu y los dones maravillosos que nos capacitan, sean vividos y operen a favor de quienes nos rodean.
La obra, la plenitud y la llenura del Espíritu Santo no se nos imponen; se nos ofrecen, se nos regalan. Es pura gracia. Por eso, necesitamos, cada día y a cada momento, darle lugar y permitir que el Espíritu nos transforme.
Esto muchas veces requiere renunciar incluso a aquello que consideramos bueno y valioso: logros, experiencias, decisiones. Todo esto puede obstaculizar Su obra. Necesitamos renunciar a los pensamientos que nos atan al miedo, la frustración, la mentira y el orgullo, ideas que se transforman en reglas cotidianas y hábitos que impiden que el carácter de Cristo sea el nuestro.
Esta es la Palabra que Dios nos está entregando para la iglesia hoy. No depende de formas, actividades o estructuras que nos impidan disfrutar plenamente de la gracia y la obra completa del Espíritu Santo.
Al estudiar la Palabra en cada grupo semanal, necesitamos estar dispuestos a avivar el fuego.
«Por esta razón, te recuerdo que avives el fuego del don espiritual que Dios te dio cuando te impuse mis manos.»
2 Timoteo 1:6 (NTV)
Así es como Dios quiere que seamos, y esto no cambia.
Levantémonos y trabajemos juntos por una iglesia que siga los pasos y obedezca a Jesús.
«Jesús les respondió: —Sólo Dios decide cuándo llevar a cabo lo que piensa hacer. Pero quiero que sepan que el Espíritu Santo vendrá sobre ustedes, y que recibirán poder para hablar de mí en Jerusalén, en todo el territorio de Judea y de Samaria, y también en los lugares más lejanos del mundo.»
Hechos 1:7-8 (TLA)
Ruth O. Herrera
