Fuente

…el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás. Más bien, el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que fluya para vida eterna.»

 Juan 4: 14 RVC

En Argentina estamos atravesando un período de gran sequía. La falta de lluvias ocasiona todo tipo de perjuicios, entre ellos la pérdida de millones de dólares que no podrán ingresar debido a la escasa cosecha y posterior venta de granos, frutas y hortalizas a los países que habitualmente son nuestros compradores.

 Esto es así porque incluso en un tiempo de grandes avances tecnológicos, aunque los agricultores hayan hecho bien su trabajo de preparar la tierra, labrarla y escoger las mejores semillas para sembrar siempre dependen de que las nubes descarguen su lluvia sobre los cultivos y produzcan una cosecha abundante. Si esto no sucede, a pesar de cualquier esfuerzo que hayan realizado, el rendimiento posterior es magro.

 El fenómeno meteorológico llamado “la niña” produce sequía extrema, los suelos se resquebrajan; el sol quema los pastizales y hasta el ganado sufre las consecuencias.

¡Cuántos problemas puede ocasionar la falta de agua! La tierra fértil se convierte en estéril; las plantas se secan o, en el mejor de los casos, crecen raquíticas. Si a esto le sumamos temperaturas extremas también tenemos incendios forestales.

Nuestro país necesita exportar su producción para poder crecer y durante este año eso se hace muy difícil, esta situación agrava la crisis económica que venimos atravesando desde hace tiempo. Realmente hay mucha necesidad material a nuestro alrededor. La perspectiva actual es difícil. El agua es imprescindible para que la vida se desarrolle y se manifieste.

El panorama que acabo de describir no es ajeno a la realidad que vivía Israel, su tierra siempre fue estéril. La Escritura está llena de referencias al respecto. Los escritores bíblicos a menudo tomaron los elementos de la naturaleza e hicieron un paralelismo con la vida espiritual del pueblo de Dios. El salmista, por ejemplo, compara la estabilidad de la persona que estudia y medita en la ley del Señor con la de un árbol plantado en una zona privilegiada

Qué alegría para los que    no siguen el consejo de malos, ni andan con pecadores,   ni se juntan con burlones,
sino que se deleitan en la ley del Señor    meditando en ella día y noche. Son como árboles plantados a la orilla de un río, que siempre dan fruto en su tiempo. Sus hojas nunca se marchitan,    y prosperan en todo lo que hacen.

Salmos 1:1-3 (NTV)

El agua está íntimamente ligada a la vida. Es esencial para que la vida crezca. Jesús la relacionó habitualmente con el obrar del Espíritu Santo, imprescindible para el desarrollo de la vida espiritual.

¿Te acordás cuando el Señor le pide agua a la mujer samaritana? Él realmente estaba cansado y tenía sed, pero convierte ese momento en una oportunidad para hablar con ella de un tema más profundo y significativo: la sed de sentido y trascendencia que existe en todo ser humano.

Cristo es el único que puede saciarla para siempre y además convertir a la persona en una fuente para satisfacer esa misma sed en aquellos con quienes se encuentre.

De hecho, si seguís leyendo la historia que se menciona en el evangelio de Juan capítulo cuatro, luego de la charla, la samaritana se convierte en una evangelista… inmediatamente corre a dar la noticia a los demás.

Aquella que iba día tras día al pozo a buscar agua, de pronto se transformó en fuente y fluyó, sencillamente. No dio un gran discurso, pero entendió el mensaje. Fue saciada y se dispuso a compartir su tesoro.

el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que fluya para vida eterna.»

Al comenzar la semana el Señor te invita a tener presente en todo momento que Él no solo te dio el agua de vida, sino que en tu interior hay una fuente que puede fluir constantemente y saciar esa misma sed en los que te rodean.

 

Mónica Lemos