Fuentes de la alegría

Mis amados hermanos, pase lo que pase, alégrense en el Señor…

Filipenses 3:1ª NTV

Me impacta en este, como en otros versículos, el consejo imperativo de Pablo, quien pone de manifiesto su autoridad y carácter paternal, dejando así una regla de vida para el cristiano.

No era alguien desconocido o sin influencia para las iglesias a quien les escribió, por el contrario, sus cartas son claramente de tono paternal. Sus consejos, opiniones o pedidos, tenían la fuerza de una doctrina para las nuevas iglesias crecientes.

¿Quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? Nada ni nadie. Ni los problemas, ni los sufrimientos, ni las dificultades. Tampoco podrán hacerlo el hambre ni el frío, ni los peligros ni la muerte

En medio de todos nuestros problemas, estamos seguros de que Jesucristo, quien nos amó, nos dará la victoria total. Yo estoy seguro de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la vida ni la muerte, ni los ángeles ni los espíritus, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes del cielo ni los del infierno, ni nada de lo creado por Dios. ¡Nada, absolutamente nada, podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado por medio de nuestro Señor Jesucristo!

Romanos 8: 35, 37-39 TLA

Entonces… ¿podemos estar tristes? Sí. Es claro que, aunque el apóstol nos ordene ser felices, la vida está llena de blancos y negros que distorsionan nuestra alegría. Obviamente, el deseo de todo ser humano es tener momentos de felicidad, pero son justamente esos los que a menudo no alcanzamos o sabemos generar. Y aunque nadie se determina a ser infeliz, ser feliz continuamente no es posible.

Creo que la experiencia de Pablo y su consejo es que vayamos decididamente hacia la voluntad de Dios, para generar una y otra vez experiencias buenas que nos hagan bien, felices de ser y hacer lo que Papá nos preparó desde el principio. Pero con los pies en la tierra.

En este sentido, Jesús no mintió…

—Pero se acerca el tiempo, —de hecho, ya ha llegado— cuando ustedes serán dispersados, cada uno se irá por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho todo lo anterior para que en mí tengan paz. Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo.

Juan 16: 32-33 NTV
(Énfasis del autor)

La «aflicción» en el contexto en que Jesús habla, incluye, no solo las dificultades externas como las persecuciones que los primeros cristianos enfrentaron, sino también las luchas internas, como el miedo, la duda, y el dolor emocional. Las que vos y yo hoy también experimentamos. Pero Jesús envuelve esta advertencia en la promesa de paz, esperanza, eternidad. La frase “pero confiad, yo he vencido al mundo” es clave, ya que señala que, a pesar de las dificultades, la victoria final pertenece a Cristo.

Él experimentó cada uno de nuestros miedos y dolores… justamente para ser Él mismo nuestra esperanza terrenal y eterna. En Cristo hay una alegría difícil de explicar… pero absolutamente real.

 

Ruth O. Herrera