Dios mío, Dios mío, ¡demuéstranos tu poder! ¡Déjanos ver la fuerza que has usado para ayudarnos! Dios mío, Dios de Israel, ¡qué imponente te ves al venir de tu santuario! Tú nos das fuerza y poder. ¡Bendito seas!
Salmos 68: 28 y 35 (TLA)
Cada época tiene sus propias enfermedades. En nuestro tiempo actual se escucha mucho hablar de cansancio, agotamiento. Te acostás cansado y te levantás como si no hubieras dormido. Tal vez hasta te cuesta dormir; tomaste unos días de vacaciones y no lograste que tu cuerpo y tu mente recuperaran fuerzas. Hablás con alguien y te cuenta lo cansado que está, cansado de hacer cuentas para llegar a fin de mes, cansado de las demandas laborales, académicas, ministeriales o de cualquier otro tipo… y hasta estamos cansados de estar cansados.
En un sentido es comparable a la experiencia del pueblo de Israel durante el éxodo, que es el tema del texto. La gente salió de la esclavitud, pero luego anduvieron por el desierto durante cuarenta años y pasaron todo tipo de dificultades. Toda una generación murió sin ver la tierra que Dios les había prometido. Por otra parte, los que llegaron tuvieron que pelear batalla tras batalla. El pueblo de Dios aplicó este lenguaje militar de victorias y derrotas a todos los demás aspectos de su vida, por eso muchas veces se declaran extenuados, cansados de pelear.
Oh Dios, tú hiciste llover en abundancia; tu pueblo estaba agotado, y tú le diste fuerza.
Salmos 68:9 (DHH)
Otras versiones dicen que Dios envió la lluvia para refrescar la tierra agotada. Se puede aplicar la figura del agotamiento tanto a la naturaleza como a las personas. De hecho, solemos comparar los períodos de sequedad espiritual con el desierto y la lluvia con el obrar del Espíritu Santo sobre nosotros.
Este Dios que había mostrado su poder en favor de su pueblo débil y necesitado es el mismo ayer, hoy y siempre. Por eso el salmista expresa la necesidad comunitaria del obrar poderoso, de la demostración de fuerza del cielo para auxiliar a los suyos.
Ya lo habían experimentado en el pasado. Una y otra vez tenían que recordarse unos a otros de dónde venía el poder que los había hecho conquistar el territorio y arrebatarlo de las manos de enemigos que eran muy superiores a ellos, en número y en armamento.
Exhaustos, necesitados, desfallecientes. Estaban muy conscientes de que las fuerzas humanas se acaban, la energía y el valor para luchar se agotan, y la esperanza de la victoria a veces se debilita. Es en esos momentos de debilidad donde podemos recuperar nuestra dependencia. Volver a mirar al cielo y pedir que Papá vuelva a mostrar su fuerza a nuestro favor.
Él da fuerzas al fatigado, y al que no tiene fuerzas, aumenta el vigor.
Isaías 40:29 (LBLA)
Es precisamente en los momentos de cansancio donde necesitamos contar con fuerzas que no tenemos. Dios es el único que puede darlas porque Él no se fatiga ni se cansa.
Mónica Lemos
