Así ha dicho Jehová: Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo,
dice Jehová, y volverán de la tierra del enemigo. Esperanza hay también para tu porvenir, dice Jehová, y
los hijos volverán a su propia tierra.
Jeremías 31:16 y 17 (RVR60)
(Énfasis del autor)
Hay tiempos y tiempos. Y hay diferentes estaciones, en la naturaleza y también en nuestra vida
espiritual.
Hagamos un par de comparaciones: Hasta hace algunos años las estaciones estaban bien
delimitadas otoño, invierno, primavera y verano. Actualmente ya no es tan así. La humanidad, en su
afán de progreso, ha alterado profundamente este ciclo vital. El clima varía de un día para otro y
podés experimentar altas temperaturas en pleno invierno y viceversa. Esto afecta el funcionamiento
de nuestro cuerpo y también nuestros estados de ánimo.
Además, el modo de vida que antes era estable y predecible ahora es inestable e incierto. Nadie
sabe muy bien cómo afrontar los cambios que se suceden todo el tiempo. En un contexto semejante
¿cómo podemos proyectar un futuro?
Te hablé de algo externo como el clima y de modos de vida que nos afectan. Así como sucede con
las variaciones de temperatura y con la manera de vivir, nuestro equilibrio espiritual y emocional
también puede alterarse.
No es raro que podamos atravesar períodos de llanto alternados con tiempos en que nos hemos
colocado una coraza tan sólida que nos impide permitirnos derramar lágrimas. Lo importante no es si
lloramos o no, sino en qué momento es apropiado hacerlo y en cuál no tiene sentido.
Como siempre, la Biblia es un espejo en el que podemos mirarnos para aprender de qué manera
dirigir una y otra vez nuestra vida a Papá. Voy a mencionarte algunos fragmentos de historias
El corazón de la gente clama al Señor con angustia. Bella Sión amurallada, ¡deja que día y noche corran tus
lágrimas como un río! ¡No te des un momento de descanso! ¡No retengas el llanto de tus ojos! Levántate y
clama por las noches, cuando empiece la vigilancia nocturna. Deja correr el llanto de tu corazón como
ofrenda derramada ante el Señor. Eleva tus manos a Dios en oración por la vida de tus hijos, que desfallecen
de hambre y quedan tendidos por las calles.
Lamentaciones 2: 18 y 19 (NVI)
Si leés todo el pasaje te darás cuenta de que ante el panorama que se le presentaba al pueblo, lo
esperable no solo era llorar, sino hacerlo libremente y presentarlo como ofrenda al Señor. Clamar a Él
y pedirle ayuda. Esta situación podía revertirse.
Ahora veamos otro ejemplo. El evangelio de Lucas da cuenta de un momento límite en la vida de
alguien muy vulnerable. Una viuda que había perdido a su único hijo varón. En ese tiempo era su
única fuente de sustento.
Poco después, Jesús fue con sus discípulos a la aldea de Naín, y una multitud numerosa lo siguió. Cuando
Jesús llegó a la entrada de la aldea, salía una procesión fúnebre. El joven que había muerto era el único hijo de
una viuda, y una gran multitud de la aldea la acompañaba. Cuando el Señor la vio, su corazón rebosó de
compasión. «No llores», le dijo. Luego se acercó al ataúd y lo tocó y los que cargaban el ataúd se
detuvieron. «Joven—dijo Jesús—, te digo, levántate». ¡Entonces el joven muerto se incorporó y comenzó a
hablar! Y Jesús lo regresó a su madre.
San Lucas 7: 11-15 (NTV)
(Énfasis del autor)
¿Era lógico llorar? Obvio. Una multitud la acompañaba en su dolor. Sin embargo Jesús, que lloró ante
la tumba de su amigo Lázaro, se conmovió cuando la vio y dice esta versión que su corazón rebosó
de compasión. Luego le dijo: «No llores» resucitó a su hijo y en un instante le devolvió la alegría y
cambió el futuro de esta mujer.
Hay momentos en que llorar es lo único que podemos hacer, pero hay otros en que el Señor nos
propone dejar de hacerlo y elegir pararnos en Sus promesas porque aunque sintamos que estamos
en la tierra del enemigo Él nos asegura que hay recompensa para nosotros. Hay esperanza para
nuestro porvenir y para nuestra descendencia.
Mónica Lemos
