Seguimos acompañando el estudio de las parábolas juntos a los grupos de red. Juntos en cada devocional, descubrimos nuevos desafíos
Pero el dueño contestó a uno de ellos: “Amigo, no te estoy haciendo ninguna injusticia. ¿Acaso no te arreglaste conmigo por el salario de un día? Pues toma tu paga y vete. Si yo quiero darle a éste que entró a trabajar al final lo mismo que te doy a ti, es porque tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi dinero. ¿O es que te da envidia que yo sea bondadoso?”
Mateo 20: 13 -15 (DHH
(Énfasis del autor)
El dueño de la finca decidió responder ante la protesta. Se dirigió a uno de ellos llamándolo amigo. Tuvo la paciencia y la buena disposición de explicarle que no estaba cometiendo ninguna injusticia. ¿Estaba obligado el dueño a dar explicaciones? Rotundamente no, pero lo hizo. Le recordó que habían acordado esa paga. Estaba recibiendo lo que había pactado.
No le habló de la cantidad de horas ni del trabajo que cada grupo había realizado. Simplemente, destacó su legítimo derecho a usar su dinero como quisiera. Y… también dejó en el aire una filosa y penetrante pregunta “¿O es que te da envidia que yo sea bondadoso?”.
Los obreros madrugadores miraron su esfuerzo y se compararon con los últimos. Calcularon y, lógico, sentían que habían perdido dinero. Lo que ni por un momento tuvieron en cuenta es que fue a los únicos a los que se les dijo cuánto se les pagaría.
Seguramente, cuando fueron contratados estaban agradecidos por tener trabajo. Esa gratitud se transformó en queja cuando se compararon con los últimos. En ese momento se sintieron defraudados.
La comparación lleva, en general, a la envidia. Como cristianos tenemos claro que el amor del Señor es incondicional e inmerecido y que la vida eterna no se gana por nuestro esfuerzo, ni por ser buenas personas, ni por ninguna capacidad que nos distinga de otros. Podemos citar de memoria el texto siguiente:
Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande, que nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados. Por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación. Hizo esto para demostrar en los tiempos futuros su generosidad y su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Pues por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada.
Efesios 2: 4 y 5; 7-9 (DHH)
(Énfasis del autor)
No obstante, nuestra vieja naturaleza asoma y quiere llevarse el mérito. Decimos que servimos por amor al Señor. Pero cuando alguien, según nuestro criterio, es bendecido sin merecerlo, mentalmente nos comparamos y cambiamos la gratitud por la envidia. Y eso nos daña, porque olvidamos que tenemos un Padre bueno y ampliamente generoso. Él conoce nuestras necesidades y deseos y nos da a cada uno según lo que bien le parece.
Que el éxito de otros no opaque la gratitud por lo que ya has recibido. Que el amor desbordante del Señor sea el motivo de tu servicio a Él.
Mónica Lemos
