Contiende, oh SEÑOR, con los que contienden contra mí; combate a los que me combaten. Echa mano de escudo y defensa; levántate en mi ayuda. Saca lanza y jabalina al encuentro de mis perseguidores. Di a mi alma: “Yo soy tu salvación”.
Salmos 35: 1-3 RVA 2015
De acuerdo con varios comentaristas, este salmo nació en tiempos en los que los ataques, el odio y el sufrimiento parecían haberse instalado en la vida de David. En lugar de ser un poema ordenado es una descripción casi desbordada de las emociones que inundaban su alma durante esa temporada. Algunos piensan que podría referirse a las varias persecuciones que ordenó el rey Saúl contra él y que parecían no tener fin. El salmista oraba, perseveraba en sus pedidos de auxilio, pero la respuesta se demoraba.
Tal vez por esa razón este poema comienza directamente con un pedido muy concreto: que Dios pelee, intervenga directamente y empuñe las armas para derribar a sus oponentes y también para defenderlo. Tiene la plena convicción de que el Señor es superior a cualquier enemigo que quiera hacerle frente.
Cuando la batalla se extiende en el tiempo, las fuerzas humanas se desgastan, las armas humanas pueden desafilarse, pero la lanza y jabalina celestiales se afilan con el uso y se hacen cada vez más efectivas.
El salmista pide que el Señor lo defienda y también que sea Él mismo quien ataque a sus enemigos.
Ahora bien, David necesitaba que Dios peleara contra sus enemigos externos y, a la vez, que alimentara su espíritu con una palabra que lo sostuviera mientras la lucha continuara.
El lenguaje aborda términos de combate, armas ofensivas y defensivas, además describe la necesidad de una palabra que viniera directamente del Señor de los ejércitos. ¿Cuál era esa palabra? Di a mi alma: “Yo soy tu salvación”.
Si trasladamos esa realidad a nuestras necesidades podríamos decir la misma verdad de diferentes maneras.
“Señor, por favor, necesito que te reveles en medio de mi realidad que no desaparece”.
“Decime que Vos sos mi salud, mi vida, mi salvación. Dame una palabra específica que me mantenga en pie aunque las tormentas arrecien”.
“Afirma mis pies con la declaración que viene del cielo. No permitas que me olvide de Quién es el que me salva de cualquier circunstancia que me toque atravesar. Aunque no obtenga una respuesta concreta, aunque no desaparezcan el peligro, las carencias ni las traiciones yo reconozco que solo tu Palabra es la que puede afirmar mi esperanza. Por eso sigo mirándote, sea cual fuere mi estado de ánimo”.
La situación de nuestro país y la repentina irrupción de terribles cimbronazos en distintos puntos de nuestro planeta impregnan de alguna manera nuestros pensamientos y conversaciones y, sin duda, también las de aquellos que nos rodean. El clima de temor, de decepción y de incertidumbre es palpable.
Hoy Papá quiere decirle a tu alma que Él es tu salvación. ¿Podrás compartir esta realidad con alguien que también necesite escucharla?
Mónica Lemos
