Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón.
Colosenses 3:16 (NVI)
Durante toda esta semana estuvimos compartiendo distintas evidencias de la vida cristiana que deben manifestarse primero en nosotros para que luego podamos aplicarlas en nuestras relaciones con nuestros hermanos en la fe y con aquellos que aún no forman parte de esta.
Cuando reconocimos a Cristo como Señor y Salvador recibimos una nueva vida: estamos sumergidos en su persona, revestidos de él. Esta es una realidad espiritual que indefectiblemente tiene efectos en nuestra realidad natural. Estamos en el mundo (sistema), pero no le pertenecemos ni vivimos de acuerdo con sus criterios. Nuestra ciudadanía está en los cielos.
Esto puede parecer muy etéreo, pero es la cosmovisión bíblica. Si no la tenemos presente, fácilmente seremos arrastrados por la corriente de este tiempo.
Pablo ya observaba este peligro, por eso indica de qué manera debemos vivir los que hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar una sola iglesia y un solo cuerpo. No existe en su pensamiento la idea de que podamos disociar las convicciones de nuestra manera de actuar. El ser y el hacer están íntimamente unidos, entrelazados.
Lo que somos debe expresarse en todo lo que hacemos.
La vida cristiana es un proceso continuo de desaprender lo que hemos heredado de nuestra naturaleza carnal para incorporar la naturaleza de Reino. Y para eso necesitamos que la palabra de Cristo habite en nosotros con toda su riqueza.
¿Qué entendemos por palabra de Cristo? La expresión de Su persona que, si se lo permitimos y elegimos negarnos a nosotros mismos, fluye de nuestro interior y “salpica” todo lo que toca.
El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: «De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva».
San Juan 7:38 (LBLA)
La Biblia contiene la palabra de Cristo, que es Él mismo habitándonos. Su mensaje y su Persona son indivisibles.
En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. El que es la Palabra existía en el principio con Dios. Dios creó todas las cosas por medio de él, y nada fue creado sin él. La Palabra le dio vida a todo lo creado, y su vida trajo luz a todos. Entonces la Palabra se hizo hombre y vino a vivir entre nosotros. Estaba lleno de amor inagotable y fidelidad. Y hemos visto su gloria, la gloria del único Hijo del Padre.
San Juan 1: 1-4; 14 (NTV)
El Señor ya no vive entre nosotros, sino en nosotros. Nos habita. Despojémonos de todo lo que estorba para que lo haga en plenitud, con toda su riqueza.
Mónica Lemos
