Por eso los fieles te invocan en momentos de angustia; caudalosas aguas podrán desbordarse, pero a ellos no los alcanzarán. Tú eres mi refugio; tú me protegerás del peligro y me rodearás con cánticos de liberación.
Salmo 32: 6-7 CST
(Énfasis del autor)
Dios llamó a David a ser rey y tenía planes muy concretos para su vida, sin embargo, él se estaba secando en vida.
Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano.
Salmo 32: 3-4 RV
David sentía que lo que había brotado en su juventud, cuando tenía una amistad y estrecha unión con su Señor, se había secado. Esto no solo lo enfermó, más aún, su silencio detenía la obra y los planes de Dios para su vida.
Es terrible la angustia para quien acalla su conciencia, pero siente que Dios no lo aprueba. Por eso es muy probable que no se anime a seguir adelante y terminar lo que empezó.
Cuando en el fondo de tu conciencia no te sentís apto para lo que Dios quiere y hay un juicio interno que te maltrata, te detenés porque algo te descalifica. Tal cual lo vivió David. El mismo que mató al gigante y enfrentó leones perdió su energía vital. Su vida misma estaba decayendo.
Esperanza y desesperanza se unen muchas veces en nuestro interior y vivimos una lucha silenciosa que nos desgasta.
Vos y yo podríamos haber sido autores de este salmo, porque quizás en el pasado hicimos esta oración o la hagamos en el presente: “… Señor, te busco y te invoco porque muchas aguas amargas me están ahogando”.
Nada en nuestra vida le es ajeno a Dios, y no tardó en demostrárselo a David al perdonarlo, consolarlo y renovar su compromiso de amor
A veces damos vueltas alrededor de nuestro “fracaso”, lo alimentamos y nos quedamos inmóviles mirando cómo nuestra vida simplemente pasa. Momentos en que nos detenemos, paralizados por el dolor, el pecado o la angustia y es entonces cuando necesitamos “hacer memoria y recordar quién es nuestro Papá”.
Él fue, es y será un Padre presente. Si lo hizo con David, lo hará también con vos…
Ruth O. Herrera
