Algunos días después, Jesús volvió a entrar en Cafarnaúm. En cuanto se supo que estaba en casa, se juntó tanta gente que ni siquiera cabían frente a la puerta; y él les anunciaba el mensaje. Entonces, entre cuatro, le llevaron un paralítico. Pero como había mucha gente y no podían acercarlo hasta Jesús, quitaron parte del techo de la casa donde él estaba, y por la abertura bajaron al enfermo en la camilla en que estaba acostado.
Marcos 2: 1-4 DHH
Cuentan los historiadores que las puertas de las casas se abrían desde muy temprano, y cualquiera podía entrar o salir. Las puertas se cerraban únicamente si es que se quería impedir explícitamente que nadie ingresara. Los techos de las casas en Palestina eran sencillos, como una terraza que se usaba como lugar de descanso, por lo que era común que hubiera una escalera exterior para subir. Eran hechos con vigas planas, que iban de una pared a otra, rellenos con cañas cocidas entre sí, y endurecidas con barro, de manera que era común que crecieran hierbas en los techos, esto facilitaba que, si un techo se rompía, podía ser fácilmente arreglado.
No hay datos de la casa donde entró Jesús, pero obviamente se habían abierto las puertas a todos para que el Maestro ofreciera desde allí sus enseñanzas. ¿Quién era el dueño? No se menciona, pero seguro suficientemente cercano a Jesús como para que tanta gente se metiera en su casa, obstruyera la entrada y hasta le rompieran el techo.
No puedo imaginar mi reacción si alguien deliberadamente rompiera los vidrios de las ventanas de mi casa por causa del evangelio… Nada podría justificarlo. ¿Y vos? ¿Cuál sería tu reacción? Es que todo tiene un límite, como se dice en Argentina: “…tampoco la pavada”.
Cuatro hombres dispuestos a todo. De modo que podemos deducir que eran buenos amigos y creían en Jesús como el sanador y salvador. Se arriesgaron a sacar de su propia casa al enfermo y trasladarlo sin medir consecuencias, solo su sanidad producto de la fe. Rompieron un techo para provocar a Jesús, lo arrinconaron, casi por obligación, el Mesías no pudo resistirse.
Jesús, una casa chica, una multitud, un paralítico, entre otros muchos enfermos, y cuatro hombres dispuestos a todo. Pero ni un solo nombre, ninguna biografía, nada que nos dé una pista, todas eran personas anónimas provocando al Maestro a mostrar el Reino. La mision por sobre el reconocimiento.
Este relato nos recuerda la importancia de la comunidad, del acuerdo y apoyo mutuo de manera silenciosa y discreta. Sin fama, ni aplausos. ¿Estás dispuesto a hacer lo necesario para que tus amigos encuentren a Jesús sin buscar recompensa? Como a los setenta y dos discípulos anónimos y los cuatro amigos sin nombre, Jesús hoy te dice: “Alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el libro del cielo”.
Ruth O. Herrera
