Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él. Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él.
- Juan 11. 14-16 RVA
Este fragmento corresponde a un texto muy conocido: el de la muerte y resurrección de Lázaro. Algunos versículos anteriores nos aportan información importante. Jesús decide ir a Judea (donde vivía la familia de Lázaro) otra vez, pero sus discípulos le recuerdan que es peligroso ir a un lugar donde querían apedrearlo.
El razonamiento es totalmente lógico ¿quién querría ir a un lugar donde lo quieren matar? El miedo y la necesidad de proteger al Maestro iban de la mano, por no hablar del temor de lo que podría sucederles a todos.
Sin embargo, hay uno que tal vez habla antes de pensar.
Siempre, en todo grupo humano, hay alguien a quien se le ocurre opinar diferente y, además, lo comparte con el resto… Vamos también nosotros, para que muramos con él.
En otras palabras, no vamos a dejarlo solo justo cuando hay peligro. “¡Vamos todos!”.
Me imagino los posibles pensamientos del resto del equipo: “si querés, andá vos” “ni siquiera pensás en defender a Jesús” “nosotros, por lo menos, le recomendamos que no vaya; en cambio vos, Tomás, sos un inconsciente”.
Como no estuvimos en ese momento, tampoco tenemos acceso a las miradas que deben haber cruzado, solo podemos intuir que es probable que lo hayan mirado mal.
Por eso Jesús les explicó: —Lázaro ha muerto, y me alegro de no haber estado allí, porque ahora ustedes tendrán oportunidad de confiar en mí. Vayamos a donde está él.
Caben algunas preguntas: ¿Tomás escuchó todo lo que dijo Jesús? ¿Y los demás?
Su Maestro les dice que menos mal que Él no estaba, se alegraba por sus amigos, para darles la oportunidad de que crean. Lo que para Jesús es un desafío que le permite hacer crecer la fe de sus alumnos, para la mayoría de ellos es una incógnita que más vale dejar sin resolver; para el apodado “el gemelo” significa ir a una muerte segura, pero todos juntos. Él no quiere dejarlo solo.
Esa es la última vez que el texto menciona a Tomás. A partir de allí, el autor se enfoca en contar que, efectivamente, fueron a Judea; Jesús resucitó a Lázaro y se identificó como la Resurrección y la Vida.
Y vos ¿en qué grupo te ubicarías? ¿Elegirías ser parte de la mayoría prudente o te atreverías a quedar como un desubicado, pero que acompaña hasta el final a su Maestro?
La respuesta no es sencilla, a pesar de que nosotros tenemos a favor el hecho de que conocemos el final de esa historia.
Tomás pensó que la cosa terminaría mal, pero decidió acompañar a su amigo por amor (aun con miedo, seguramente) y desafió a otros a hacer lo mismo.
Es razonable tomar riesgos cuando existe aunque sea una mínima posibilidad de victoria, pero cuando no es así, cuando el peligro acecha, solo el amor puede hacer que alguien se ponga en marcha.
No te desanimes si pertenecés a la mayoría sensata. Es normal. Nadie quiere morirse. Fuimos hechos para la vida.
Jesús nunca esperó que sus aprendices fueran la valentía personificada. Él estuvo con ellos y los aceptó a cada uno tal y como eran. Él enfrentaba los peligros; a sus discípulos siempre los protegió, les dio espacio para trabajar a pesar de sus errores y aprovechó cada oportunidad que se le presentaba para potenciar la fe de ellos, que sabía que era débil, como la nuestra.
Esta realidad es la que nos permite tener esperanza y acrecienta nuestro amor. Saber que Cristo nos incluye, nos da espacio, no nos descarta, ni nos ignora, ni nos avasalla, no quiere controlarnos, no nos descalifica. Va con nosotros y sigue el compás de nuestros pasos inseguros. Él elige ver lo mejor de cada persona.
Mónica Lemos
