Jesús le dijo: —La salvación ha llegado a esta familia, porque este hombre ha mostrado ser un verdadero hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar a los perdidos y a salvarlos.
Lucas 19:9-10 PDT
(énfasis del autor)
Como en los devocionales anteriores, esta historía tan conocida al conocer el contexto histórico tiene una nueva manera de leerla y pensarla. Entonces podemos comprender las palabras finales de Jesús según la teología de la pertenencia en el judaísmo del Segundo Templo.
Para un judío de la época, ser «hijo de Abraham» no era solo un dato genealógico; era el título supremo de pertenencia al pacto de Dios. El ser parte del pueblo elegido, heredero de las promesas divinas, miembro con pleno derecho de la comunidad.
Para la sociedad religiosa de Jericó, liderada por los fariseos, Zaqueo, al aliarse a Roma, estaba excomulgado extraoficialmente. Considerado peor que un gentil, por lo tanto fuera del linaje de Abraham.
Así que como si fuera poco cuando Jesús se levanta en medio de la cena frente a la multitud asomada por ventanas y puertas, y declara: «él también es hijo de Abraham», está lanzando una bomba teológica. Sin duda casi un insulto para los fariseos y religiosos.
Con una sola frase, Jesús restaura la identidad espiritual de Zaqueo. Le devuelve su conexión con la historia, y desafía a la comunidad a volver a recibir a este hombre como a un hermano. Y finalmente la historia de Zaqueo termina con la más gloriosa declaración de seguridad eterna.
Sabiendo que muchos lo espiaban, buscaban maneras de acusarlo y sacarlo de la escena pública, Jesús sin duda al reconocer a un publicano del linaje sagrado, se expuso de manera absoluta justo antes de llegar a la ciudad que dominaban los religiosos. Fue contundente. Actuó con la autoridad suprema de Dios, anuló, y selló su identidad al declarar su título mesiánico «Hijo del Hombre».
Fue una misión de rescate en territorio enemigo. Fue a buscar en la basura del rechazo social para recuperar sus joyas perdidas. ¡Pura pasión, puro amor!
Zaqueo estaba doblemente perdido en su codicia y pecado, y perdido porque la sociedad religiosa lo había desechado. Pero para el Hijo del Hombre, nadie está demasiado alto en su orgullo, ni demasiado bajo en su vergüenza, como para estar fuera del alcance de Su gracia.
La historia de Zaqueo termina con la más gloriosa declaración de seguridad eterna. La salvación llegó a tu casa.
Una nueva casa terrenal y la llave para la casa eterna.
Quizás a lo largo de tu vida te pusieron etiquetas, “la rebelde” «el adicto», «la divorciada», «el fracasado», «el inútil», «la depresiva». Todos somos expertos en auto definirnos por nuestro peor momento o por nuestro pecado más visible. Pero cuando permitis que Jesús entre en tu casa, Él tiene la última palabra sobre quién sos. Él cambia tu etiqueta por una sola: «Hijo» o «Hija» de Dios, heredero de la gracia.
Hoy el Rey sigue deteniéndose en medio del caos del mundo. Y hoy, frente al árbol de tu vida, te dice: «Rápido, desciende”. Hoy quiero estar en tu mesa». La pregunta no es si Jesús tiene el poder para transformar tu realidad; la pregunta es: ¿estás dispuesta/o para hacer cambios radicales?
Ruth O. Herrera
