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Judas (no Judas Iscariote, sino el otro discípulo con el mismo nombre) le dijo: —Señor, ¿por qué te darás a conocer solo a nosotros y no al mundo en general? Jesús contestó: —Todos los que me aman harán lo que yo diga. Mi Padre los amará, y vendremos para vivir con cada uno de ellos. El que no me ama no me obedece. Y recuerden, mis palabras no son mías; lo que les hablo proviene del Padre, quien me envió.

Juan 14: 22-24 NTV
(Énfasis del autor)

 Jesús dio una respuesta a Judas que puso a los discípulos frente a una gran responsabilidad. Acababa de prometer la llegada del Espíritu Santo, algo que ellos no entendieron en ese momento. Pero esa promesa incluía la responsabilidad de ser testigos, ser representantes, ser Su imagen entre la gente. Reproducir Sus obras, capaces de perdonar lo imperdonable, enseñar lo incomprensible…

El Espíritu Santo, quien los llevaría a “toda verdad”, les daría una revelación renovada: la experiencia tremenda y bendita de hablar por Su inspiración, sanar por Su poder. Ellos conocían al Señor de señores cara a cara, pero todavía tenían que ser transformados. Llegar a ser imagen de Cristo. Tener su carácter, el fruto del Espíritu, y su mente.

A los discípulos, este desafío les llevó tiempo, pero fueron con sus acciones, palabras y entrega quienes provocaron la corriente del evangelio. Sus conflictos, dudas, enojos, preguntas, todo fue parte del proceso que Jesús provocó en ellos.

“Había una vez un hombre llamado Tomás que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques. Tomás era conocido por su corazón generoso y su disposición para ayudar a los demás, pero, como cualquiera, a veces se sentía inseguro y dudaba de si realmente estaba logrando vivir como lo había decidido de joven. Un día, mientras paseaba por un sendero junto al río, Tomás se detuvo en una curva donde el agua era clara y tranquila. Al inclinarse, vio su reflejo en la superficie. Sin embargo, justo en ese instante, una brisa movió el agua distorsionando su imagen. “Así es mi vida”, pensó Tomás, “me esfuerzo en reflejar el amor de Cristo, pero a veces el temor y mis fallas ensucian el reflejo”.

Mientras seguía observando el río, un anciano se acercó y, al ver a Tomás perdido en sus pensamientos, le preguntó: —¿Qué estás mirando? Tomás le explicó lo que creía de sí mismo y el anciano sorprendido y lleno de sabiduría le respondió:  —Es natural que el agua no siempre esté quieta, pero eso no significa que el reflejo haya desaparecido. Cada vez que el viento pasa, el agua se calma de nuevo, ¿verdad? Lo mismo ocurre con el corazón que busca vivir para Cristo. Habrá momentos de agitación, pero si permaneces cerca de Él su amor será tu reflejo”.

Este breve cuento me inspiró a no dejar que mis frustraciones o deseos de ser más parecida a mi Señor me detengan o me enreden. Como cuando me propongo dar un testimonio contundente y termino siendo una tímida discípula.

El anciano me recordó que no necesito ser perfecta para reflejar a Cristo. Aunque las turbulencias de la vida puedan alterar Su «reflejo», el amor y la luz de Jesús siempre pueden volver a brillar si me mantengo en esa premisa, intentándolo y buscando cada día Su Presencia.

Jesús no buscó gente perfecta, no desestimó el carácter de Pedro, ni la arrogancia de Santiago y Juan buscando los mejores lugares, o la deslealtad de Mateo hacia su pueblo. Jesús los eligió y nos eligió porque quien debe brillar y mostrar Su imagen en nosotros es Él. En medio de nuestras incoherencias aun Jesús sigue obrando a través tuyo y mío.

Ruth O. Herrera