Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde vivía Lázaro, a quien él había resucitado. Allí hicieron una cena en honor de Jesús; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa comiendo con él. María trajo unos trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy caro, y perfumó los pies de Jesús; luego se los secó con sus cabellos. Y toda la casa se llenó del aroma del perfume.
San Juan 12: 1-3 (DHH)
Cuando Jesús entra en una casa, la atmósfera de ese hogar cambia porque hay alguien que entendió qué era lo importante, incluso en medio de lo urgente.
La historia que cuenta Juan se encuentra con María, Lázaro y Marta un poco más adelante y dice que Jesús estaba con los discípulos y entonces María que había aprendido en una relación única con el Señor, fue por más y dice que sacó un frasco de perfume de nardo puro que era muy caro.
María tenía ese perfume y lo derramó en los pies del Señor a tal punto que los discípulos dijeron ¿cómo gasta tanto dinero en esto? especialmente Judas que era el tesorero del grupo y, según dice la Palabra, metía la mano en la bolsa. Él es el que dijo que ese perfume se tendría que haber vendido y dado a los pobres. Pero Jesús les dijo: pero si a los pobres siempre los tienen con ustedes, porque decís esto ¿por qué no hiciste antes algo por los pobres?
Entonces Judas Iscariote, que era aquel de los discípulos que iba a traicionar a Jesús, dijo:— ¿Por qué no se ha vendido este perfume por el equivalente al salario de trescientos días, para ayudar a los pobres?Pero Judas no dijo esto porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba de lo que echaban en ella. Jesús le dijo: —Déjala, pues lo estaba guardando para el día de mi entierro. A los pobres siempre los tendrán entre ustedes, pero a mí no siempre me tendrán.
San Juan 12:4-8 (DHH)
La última vez que estos amigos habían visto a Jesús había sido en un velatorio. ¿Te acordás? Lázaro se enfermó, las chicas habían mandado a llamar a Jesús y él demoró en llegar. Cuando lo hizo, ya estaba muerto. Entonces el Señor lo llama por su nombre y Lázaro sale de la tumba.
Es después de este episodio que le hacen una cena en Su honor. ¡Había motivos de sobra para celebrar! Un muerto había vuelto a la vida, las hermanas no habían quedado desamparadas y además, podían volver a reunirse con Jesús y charlar juntos.
La Biblia no nos dice con cuánta frecuencia se encontraban estos amigos, pero sí menciona a Marta, María y Lázaro como amigos del Señor.
En esta ocasión Marta servía, como siempre, pero no se quejaba. Su actitud había cambiado después de que su huésped había hablado con ella. Por otra parte, el que pocos días antes estaba muerto ahora estaba comiendo y charlando con todos.
Los discípulos también estaban presentes y…otra vez María, la que no encajaba en el molde, la distinta aparece en escena. Esta vez no se queda quietita escuchando la charla. Ahora entra en acción. Sin decir palabra rompe un frasco de perfume, se lo tira encima de los pies al Cristo y en vez de secarlos con una toalla lo hace con su propio cabello.
Para lavarle los pies a alguien tenés que inclinarte, para secarlos también. Ahora ¿Cómo hacés para usar tu cabellera en lugar de toalla? Quedás casi literalmente inclinada en el piso.
¡Imaginate por un momento esa escena! María y Jesús tenían el mismo aroma. Ella derramó perfume sobre los pies de su Maestro y amigo, pero ese mismo perfume quedó impregnado en su pelo. ¡Por supuesto que la casa se llenó también de olor a nardo!
Allí, dos personas eran “portadoras de fragancia”. El resto de los comensales pudo percibirlo, estaba en el ambiente.
No escribí María “adoró” porque es lo que solemos decir, pero la palabra adorar muchas veces la asociamos con cantar o decir palabras que expresen amor y reconocimiento. En este caso sólo hubo pies y cabellos “aceitosos” en medio de una cena de amigos. Esta mujer no anunció nada, no dijo: “permiso, acá vengo yo con un perfume carísimo y miren lo que voy a hacer” simplemente lo hizo, en silencio. Honró. Homenajeó. Agasajó…sin decir ni una sola palabra. No hacía falta. Su acción era totalmente elocuente.
¡Cuánto necesitamos vos y yo que somos su iglesia estar impregnados de Él! ¿Podremos ser capaces de portar su fragancia a pesar de las incomodidades? ¿Lo haremos aun en silencio?
Sería muy bueno que tomes un momento para pedirle al Espíritu Santo que te impregne de aroma y en adoración impregnar el ambiente de tu casa de ese mismo olor…
Mónica Lemos
