Jesús en mi orilla

Más tarde, Jesús se apareció nuevamente a los discípulos junto al mar de Galilea.

Cuando llegaron, encontraron el desayuno preparado para ellos: pescado a la brasa y pan.

« ¡Ahora acérquense y desayunen!», dijo Jesús. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle:

« ¿Quién eres?»

 Después del desayuno, Jesús le preguntó a Simón Pedro: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?

—Sí, Señor—contestó Pedro—, tú sabes que te quiero. —Entonces, alimenta a mis corderos—le dijo Jesús. Jesús repitió la pregunta: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas? —Sí, Señor—dijo Pedro—, tú sabes que te quiero.

—Entonces, cuida de mis ovejas—dijo Jesús. Le preguntó por tercera vez: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? A Pedro le dolió que Jesús le dijera la tercera vez: « ¿Me quieres?». Le contestó: —Señor, tú sabes todo. Tú sabes que yo te quiero. Jesús dijo: —Entonces, alimenta a mis ovejas.

Juan 21: 1ª, 9, 12, 15-17 NTV

No sé si te pasa esto, pero haber tenido una experiencia con Jesús como tuvo Pedro, esto de haberlo visto generando un milagro a pesar de todo su oficio, en el que a pesar del oficio de sus socios, ellos tampoco habían podido pescar, pero a partir de obedecer una palabra sucede un milagro.

Jesús es entregado, Él  se entregó para pagar por nuestros pecados y a partir de ese sacrificio nosotros tenemos reconciliación con Dios. A todo aquel que reconoce la obra de Cristo se le llama heredero y coheredero con Él, al que lo reconoce como Señor y único  Salvador.  Esto nos da un lugar en  Su Reino, nos reconcilia con Dios y nos permite disfrutar de la eternidad con Dios.

La historia cuenta que Pedro transita el tiempo, pasa todo el ministerio, tres años con Jesús. El tema es que un día Jesús fue entregado y esa misma noche estaba Pedro viéndolo y sufre un traspié… algo que  hemos sufrido varios cuando en una circunstancia fuimos confrontados y negamos lo que creíamos, cedimos nuestros valores, nuestras convicciones. 

Pedro negó a Jesús, tres veces dijo que no lo conocía, que no era uno de sus discípulos.

Los que lo confrontaban le decían “hasta tu forma de hablar da testimonio que sos uno de ellos”, “lo que emanás da testimonio de que estuviste empapado con Jesús” y así igualmente lo siguió negando.

Hasta acá es una historia conocida, pero no quita que más allá del temperamento de Pedro, que tal vez alguno de nosotros no lo tiene, nos podamos identificar con esto: Ser una persona que ha recibido milagros, pero muchas veces lo ha negado, que fue testigo de la misericordia de Dios, pero en ciertas circunstancias lo ha negado.  

Nos sucede y  lo que nos provoca es  que nos lleva es a detener nuestra vida, a detener el plan de Dios con nosotros.

Dios no cambia de parecer, Dios no cambió porque vos lo negaste. Él no cambió porque vos te arrepentiste. Él no cambió porque decidiste tu propia voluntad. Él se mantiene fiel… ¿Podés creer esto? 

Pastor Cristian Centeno

Ser capaces de reconocernos y aceptar que son muchas las veces que le fallamos a Jesús puede ser difícil, pero más difícil es reconocer y cambiar de actitud.

En mi vida fueron muchas las veces que negué de algún modo al Señor, las identifiqué, me sentí muy mal, hasta le pedí perdón… Pero esa situación, pensamiento o actitud se repitió una y otra vez. ¡Qué débil!

Pedro, el discípulo más osado, tuvo miedo y fue débil. Vio alejarse a Jesús aunque el Maestro siempre estuvo cerca, hasta mirándolo cuando lo negaba.  

Realmente, aunque sea un contra sentido,  tengo que reconocer que le agradezco que haya negado tres veces porque eso me da la posibilidad de sentirme totalmente identificada y también descubrir otra forma más del perdón y amor de Jesús.

Su negación, con la que me identifico -y seguro vos también-, nos abre una puerta a un nuevo reencuentro, como el de Jesús y Pedro en la orilla del mar. Este relato me inspira a la confianza de tener mi propia orilla, una caminata para escuchar la voz firme de Cristo preguntándome “¿me amas?”

¡Qué pregunta tan impresionante! No hubo reclamos… Lo que le importaba al Salvador era escuchar a su amigo decirle…”sí, te amo.”

Ruth O. Herrera