Jesús es el Rey

Vino también Nicodemo, el mismo que antes había visitado a Jesús de noche, trayendo una mezcla de mirra y áloes. La mezcla pesaba unos 30 kilos.  Entonces tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas de lino junto con las especias. Era la forma acostumbrada en un entierro judío.

Juan 19: 39-40 PDT

Los Evangelios no vuelven a mencionar a Nicodemo hasta el capítulo 7 del Evangelio de Juan en el que defiende el derecho de Jesús. El capítulo 3 termina en silencio. No sabemos qué respondió. Parece que se escabulló de nuevo en la oscuridad de la noche, confrontado y procesando todo.

En esta ocasión no habla de su fe, se manifiesta como un profesional de la ley. 

Uno de estos fariseos era Nicodemo, quien había visitado antes a Jesús, y les dijo: —Nuestra ley no nos permite condenar a alguien sin haberlo escuchado primero. No lo podemos condenar sin descubrir qué es lo que hace.

Juan 7: 50-51 PDT

Pasó tiempo hasta que la fe de Nicodemo se hizo pública.

Años después lo vemos de nuevo. Es el día de la crucifixión. Los discípulos más cercanos han huido aterrorizados. Jesús ha muerto y Su cuerpo cuelga en la cruz. Es un momento de peligro extremo para cualquiera que se asocie con este «criminal» ejecutado. ¿Y quién aparece el mismo día? Nicodemo.

Finalmente se expone. No pudo esconder su amor y fe en el Mesías.

Después de la crucifixión fue a buscar a Jesús a la vista de todos cargando treinta kilos de mirra y áloes para ungir su cuerpo. Un acto de adoración pleno, aún sin ver todavía la resurrección del Mesías. Lo honró, lo adoró dándole un entierro digno de un rey.

Ese día, Nicodemo finalmente demostró que entendió el nuevo nacimiento. Ese día, salió de las sombras. Perdió su reputación frente a los fariseos, arriesgó su vida y su posición social, pero se presentó ante el Rey de reyes para servirlo. Al ver al Hijo del Hombre levantado en la cruz, así como la serpiente en el desierto, Nicodemo asumió su responsabilidad y vino una vez más a Jesús.

Con sus acciones el reconocido hombre y maestro predicó.  Si no hay Rey no hay Reino.

Si Jesús no manifiesta su Reinado y Presencia en tu vida cotidiana no hay sanidades, ni libertad, ni salvación, ni restauración.

El Señor una vez más te dice: Separado de Mí nada podés hacer.

Hoy es un buen día para terminar el desarrollo de los devocionales de esta semana diciéndole al Señor: “Quiero decir que sos mi Salvador. Hoy reconozco que necesito nacer de nuevo. Renuncio a mi orgullo y a vivir en las sombras. Quiero caminar en la luz, en transparencia y en total dependencia. Ayúdame a asumir la responsabilidad de tu discípulo/a cada día, no por obligación, sino por un amor profundo. Gracias por ser tu prioridad y por tu brazo alrededor mío.

Necesito que seas mi Rey.

 

Ruth O. Herrera