Pero Jehová Dios llamó al hombre, y le preguntó: — ¿Dónde estás? Él respondió: —Oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estaba desnudo; por eso me escondí. Entonces Dios le preguntó: — ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del cual yo te mandó que no comieras? El hombre le respondió: — La mujer que me diste por compañera me dió del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: — ¿Qué es lo que has hecho? Ella respondió: —La serpiente me engañó, y comí.
Génesis 3: 9-13
Leyendo algunos artículos encontré lo siguiente…
He aquí lo que escribieron algunos conductores para explicar el accidente automovilístico en el cual se vieron involucrados:
«Al llegar a una intersección, un arbusto apareció de pronto, dificultándome la visión».
«Un auto invisible salió de algún lugar, dio contra mi auto y luego desapareció».
«El poste del teléfono se acercaba a toda velocidad. Yo intenté salirme de su camino cuando me golpeó de frente».
«La causa indirecta de este accidente, fue un hombre pequeño en un carro pequeño, que no mantuvo su dirección».
«Venía conduciendo mi automóvil por demasiado tiempo cuando cansado me dormí en el volante, porque mi jefe me hizo trabajar horas extras y tuve un accidente».
«Venía para mi casa, me metí en el empedrado de una calle equivocada y golpeé un árbol que debía estar en ese lugar».
«Solo me estaba cuidando del auto que venía detrás de mí».
«El tipo estaba en medio del camino, así es que tuve que hacer varios virajes para esquivarlo».
«Muchas personas en la supercarretera del fracaso cometen errores pero se niegan a admitirlos. Ven cada obstáculo o error como una falta cometida por otra persona. Y como resultado, por lo general responden en una o más excusas».
Maxwell, John C.
Desde el principio, para el hombre y la mujer en general, hacerse cargo de una equivocación fue motivo de mentiras, excusas, disimulos y reacciones de enojo o miedo. El “yo no fui” es común a todos.
La perspectiva y la consecuencia cambian según de qué lado uno está y por eso, siempre intentamos que el nuestro sea el de la inocencia.
Desde chiquitos, y sin que nos lo enseñen, sabemos cómo deslindarnos de nuestra responsabilidad, y ubicarnos en el lugar “correcto”.
“Se cayó solo”, “no lo ví”, “no me di cuenta”, “nunca me dijiste que no lo haga”… etc. ¿Te acordás la última vez que pusiste una excusa similar?
El no hacernos cargo siempre nos trae consecuencias, nos deja temas pendientes, relaciones rotas y planes inconclusos. Incluso perdemos credibilidad.
Nuestro pastor dijo en más de una oportunidad: “Lo que no resolvemos en nuestra vida se lo transferimos a nuestros hijos”.
Hay que trabajar junto con el Espíritu Santo para dejar de lado la cobardía y hacernos cargo del “fruto que comimos o dimos de comer”. Seguramente, como al resto de la humanidad, el admitir errores o reconocer malas decisiones no es fácil, y menos cuando involucra a otras personas.
Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo.
Efesios 4: 25 DHH
Ocultar la verdad, hacerse el distraído y tomar atajos para no pedir disculpas con el tiempo se hace pesado, engorroso y cada vez más complicado.
Jesús se hizo cargo de los errores tuyos y los míos y nos dejó esta clara enseñanza. Lo injusto fue que Él pagara por nosotros, pero a la vez nos dio la clave para cambiar nuestra cobardía de no enfrentar los problemas que nosotros mismos generamos.
El hacernos responsables de nuestros errores también es un acto netamente espiritual que alcanzamos en la comunión con Dios.
Ruth O. Herrera
