La demanda del dolor

Ella lo subió y lo recostó sobre la cama del hombre de Dios; luego cerró la puerta y lo dejó allí.  Después le envió un mensaje a su esposo: «Mándame a uno de los sirvientes y un burro para que pueda ir rápido a ver al hombre de Dios y luego volver enseguida».

— ¿Por qué ir hoy? —preguntó él—. No es ni festival de luna nueva ni día de descanso.

Pero ella dijo: —No importa.

Entonces ensilló el burro y le dijo al sirviente: «¡Apúrate! Y no disminuyas el paso a menos que yo te lo diga». Cuando ella se acercaba al hombre de Dios, en el monte Carmelo, Eliseo la vio desde lejos y le dijo a Giezi: «Mira, allí viene la señora de Sunem. Corre a su encuentro y pregúntale: “¿Están todos bien, tú, tu esposo y tu hijo?”». «Sí —contestó ella—, todo bien”.

Sin embargo, cuando ella se encontró con el hombre de Dios en la montaña, se postró en el suelo delante de él y se agarró de sus pies. Giezi comenzó a apartarla, pero el hombre de Dios dijo: «Déjala. Está muy angustiada, pero el Señor no me ha dicho qué le pasa».

Entonces ella dijo: «¿Acaso yo te pedí un hijo, señor mío? ¿Acaso no te dije: “No me engañes ni me des falsas esperanzas”?».

2° Reyes 4: 21-28 NTV

 

Un hilo de esperanza… la madre llena de tristeza volvió al mismo sitio donde comenzó el milagro. No dudó y casi instintivamente fue al lugar que creía casi mágico. Como si un poder sobrenatural se encerrara en aquella habitación. Su accionar fue rápido y firme, no había ni un minuto que perder.

 

Primero, acostó a su hijo en el lugar adonde ella identificaba la morada de poder. En la misma cama que varios años atrás había mandado a hacer para el hombre que desataba los milagros de Dios, como un símbolo de confianza, dejó a su hijo.

 

En segundo lugar, fue a reclamar la ayuda de su esposo, para ir en busca del hombre que había comenzado esta historia, sin siquiera anunciarle la muerte de su hijo, porque seguramente no quiso que el dolor de su marido la distrajera de su urgente misión. Ella asumió toda la tristeza y toda la responsabilidad y se desafió una vez más a creer.

 

Y en tercer lugar, preparó el viaje y sin perder tiempo, ni dejar que su sirviente la entorpezca, llegó al monte donde estaba Eliseo. 

 

Evidentemente su visita era extraña y sospechosa para el profeta, quien no esperó a tenerla cara a cara para brindarle su ayuda y envió a su siervo a recibirla, como si algo le anticipara un peligro inminente.

 

Pero ella no buscaba a un representante, sino únicamente al que consideraba responsable de su dolor. Solo ante Eliseo se postró y luego, apretándole sus pies, le pidió explicaciones.

Aquella mujer estaba allí de rodillas y a los gritos, acusando a Eliseo de haberle mentido, de estafarla en su buena fe y de la manera más triste. -: “Te pedí que no me engañes…”  -: “Yo no busqué semejante dolor…” La furia y la angustia la guiaban, perdiendo de vista, que quien otorga un milagro, puede provocar otros. 

 

Entre lo mágico y lo divino, dejó a su hijo encerrado en un cuarto, escondido de la vista de su padre, y defendió su milagro con sus propias fuerzas, sin permitir a nadie reavivarlo. Cuando el dolor nubla la visión, no hay estrategias correctas. 

 

Su reacción era comprensible, pero dentro de ella estaba la respuesta a la demanda, y así lo entendió Eliseo, que sin tener una explicación de parte de Dios se hizo cargo del problema.

 

Manifestar el dolor y la decepción no está mal cuando podemos mantener un hilo de esperanza, pero necesitamos también la capacidad de buscar ayuda en el Señor y en las personas correctas. Sin buscar aliados innecesarios para aumentar y profundizar la crisis. Cuando te enfrentes a un aparente fracaso, no delegues responsabilidades y hacete cargo de la situación volviendo a la fuente de la fe.

No todo lo que nos frustra y angustia, es culpa de los otros. Generalmente en mayor o menor medida somos parte activa de nuestros fracasos o de perder la bendición. Por eso es de suma importancia saber esperar a que Dios termine lo que empezó.

 

Ruth O. Herrera