Toda la gente estaba asombrada del gran poder de Dios. Mientras la gente seguía asombrada por todo lo que Jesús hacía, él les dijo a sus discípulos: «Pongan mucha atención en lo que voy a decirles. Yo, el Hijo del hombre, seré entregado a mis enemigos». Los discípulos no entendieron lo que Jesús decía, pues aún no había llegado el momento de comprenderlo. Además, ellos tuvieron miedo de preguntarle qué quiso decir.
Lucas 9: 42- 45
Jesús andaba con sus doce y en las vivencias de cada día ellos aprendían lo que significaba seguir a su Maestro. Los había llamado, los estaba formando, y aunque algunas veces solo podía “soportarlos”, en verdad los amaba.
Durante el tiempo que estuvieron juntos fueron transformados, y de diferentes maneras Jesús los ayudó a entender la tremenda revelación del Reino de los Cielos. Él sabía lo que significaba dejar todo por seguirle, por eso no le importaba tanto la cantidad de personas que lo seguían, (como quien se desvive por tener muchos seguidores), sino que le importaba que los que lo hicieran pudieran descubrir que nada valía tanto en la tierra en comparación con la Vida real y abundante que Él mismo era para los suyos.
Caminaba día a día con los 12, con los demás discípulos y con muchos otros. Todos y cada uno de ellos debía ser transformado por su Palabra. Jesús buscaba hombres y mujeres que aceptaran nacer de nuevo, y que, al experimentar el nuevo nacimiento, pudieran pensar y decidir la vida a la manera de Dios. El plan de Jesús era el de hacer discípulos… reproducirse en ellos, multiplicarse, lo que bien hoy podríamos decir… “clonarse” en ellos.
En cierta ocasión, los discípulos discutían acerca de cuál de ellos era el más importante de todos.
Lucas 9: 46
No son pocas las situaciones en las que Jesús volvía a elegir a sus discípulos a pesar de ellos mismos. Sin entender todo, casi poniendo en riesgo sus propios ministerios en más de una ocasión, allí estaban frente a Jesús, el Amigo y Señor que creía en ellos al punto de delegarles todo incluso su propio ministerio.
Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron lo que había pasado, le dijeron a Jesús: «Señor, permítenos orar para que caiga fuego del cielo y destruya a todos los que viven aquí». Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió.
Lucas 9:54-55
Leyendo estos pocos versículos alguien podría preguntarse: “¿Por qué Jesús insistía en seguir con estos hombres?”. Pero indiscutiblemente de esto se trata el amor: el llamado y la misión que Jesús enseñó trasciende y supera nuestras imperfecciones. Así también nosotros debemos hacer con los demás.
Muchas veces nos resulta tedioso, molesto, y hasta demasiado complicado invertir tiempo y dedicación en otros; acompañar a pesar de las diferencias y la falta de total compatibilidad no es sencillo. Discipular verdaderamente con eficacia es limar asperezas y darle tiempo al otro de madurar su fe.
Es tiempo de mostrar a Dios invirtiendo tiempo en quien Él nos asigne. En nuestro entorno seguramente encontramos personas a las que les cuesta creer, y es acompañándolas como podemos ayudarlas a descubrir una nueva realidad. De alguna manera tenemos que disponer tiempo para que puedan “creer”, y “aprender a elegir la buena parte”.
Hoy es tiempo de responder a la gran comisión y mostrar a Cristo, reconociendo que quien cambia las vidas es Él y no nosotros.
¿Sos líder de una red? ¿Liderás niños, adolescente, jóvenes o familias? Si de verdad aceptás el desafío de hacer discípulos, no te lo voy a negar, la carga se va a poner pesada. Si en más de una ocasión pensás en rendirte, recordá que este es el modelo que Jesús nos dejó para establecer Su Reino: creer que Dios cambia vidas.
Al aceptar a Cristo comenzaste a ser parte de la “empresa” de Dios… la empresa de cambiar vidas. Por eso permanecer al lado de aquel que nos necesita mientras crece en la fe, es posible. Cristo lo hizo posible. Él lo hizo con sus discípulos más íntimos, y con cientos de personas más; siempre dio otra oportunidad. Y acá estamos vos y yo, permitiendo que, a través de nosotros, Él lo siga haciendo.
Ruth O. Herrera
