…una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.
Juan 9: 25b (RVR60)
Hace pocos días escuché un testimonio nada convencional de alguien a quien sigo por redes sociales. Me encanta escucharlo. Aprecio su talento para enseñar de manera sencilla; sus esfuerzos por analizar personajes de moda que capten la atención de sus seguidores; los valores que transmite en cada charla y cómo invierte tiempo y dinero para producir material educativo de excelencia.
Hice toda esta explicación previa para contarte que, casi a fin de año, eligió compartir con sus seguidores de qué manera volvió a creer en Dios, después de un largo tiempo de escepticismo. Sus rezos por la salud de su mamá no tuvieron la respuesta que él esperaba ya que finalmente falleció.
Para comenzar, partió de la diferencia entre un sabio y un gurú. ¿Cuál es? El sabio vive lo que predica y enseña; el gurú te dice qué hacer, pero no vive de acuerdo con ese criterio. Luego hizo un recorrido sencillo, basado en cuatro puntos que él quería dejar bien claros: habló de ciencia y fe; de los intelectuales y de las Sagradas Escrituras; de su experiencia personal y, sobre todo, habló de Jesús. Todo el tiempo.
Claro, no es el típico testimonio evangélico. No obstante, me emocionó su frescura y su alegría inocultable al compartir el renacer de su fe.
Después de escucharlo, recordé al protagonista ciego del texto del comienzo del devocional. En cuanto a las historias, no se parecen en nada, pero tienen el peso contundente de la experiencia personal.
Cada uno, de acuerdo con su personalidad, formación y estilo puede compartir cómo fue su encuentro con Jesús. De manera sencilla y natural, sin tratar de convencer a nadie (esa es tarea del Espíritu). No porque debamos hacerlo, sino porque queremos dar a conocer a Cristo y la vida que Él nos da.
Si sos de pocas palabras, acordate del ciego …una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.
Mónica Lemos
