Luego Jesús se dirigió al anfitrión: «Cuando ofrezcas un almuerzo o des un banquete—le dijo—, no invites a tus amigos, hermanos, parientes y vecinos ricos. Pues ellos también te invitarán a ti, y esa será tu única recompensa. Al contrario, invita al pobre, al lisiado, al cojo y al ciego. Luego, en la resurrección de los justos, Dios te recompensará por invitar a los que no podían devolverte el favor».
Lucas 14: 12-14 NTV
Generalmente consideramos que ser el primero es ser el más importante, e inevitablemente estamos haciendo algún tipo de comparación. En todo lugar al que entramos, reunión o lugar en el que hay otras personas, podemos caer en el deseo de tener un lugar mejor…
Jesús guiaba a sus seguidores una y otra vez a pensar en sí mismos y no pensar: ¿Estoy adelante o estoy atrás? ¿Estoy encima o estoy debajo? Era algo implícito en su forma de vivir, su ejemplo de humildad y desapego a tener el primer lugar.
Cuando Jesús vio que todos los invitados a la cena trataban de sentarse en los lugares de honor, cerca de la cabecera de la mesa, les dio el siguiente consejo: «Cuando te inviten a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar de honor. ¿Qué pasaría si invitaron a alguien más distinguido que tú? El anfitrión vendría y te diría: “Cédele tu asiento a esta persona”. Te sentirías avergonzado, ¡y tendrías que sentarte en cualquier otro lugar que haya quedado libre al final de la mesa! »Más bien, ocupa el lugar más humilde, al final de la mesa. Entonces, cuando el anfitrión te vea, vendrá y te dirá: “¡Amigo, tenemos un lugar mejor para ti!”. Entonces serás honrado delante de todos los demás invitados. Pues aquellos que se exaltan a sí mismos serán humillados, y los que se humillan a sí mismos serán exaltados».
Lucas 14: 7-11 NTV
El tratar y convivir con otros puede más de una vez movilizar dentro de nosotros este amor propio mal entendido. Y aun siendo fieles al Señor luchamos en secreto con el impacto que tiene el encontrar “gente sobresaliente o mejor posicionada”. La iglesia no escapa a esto y Jesús lo puso en evidencia.
La trampa de la comparación puede arruinar incluso la mejor de las relaciones, aun cuando luchemos internamente o peor, no detectemos el conflicto interno. Si lo que tenés es bueno, muy posiblemente empieces a mirar a tu alrededor y a comparar lo que otros tienen en relación con lo propio. Es parte de la naturaleza humana desde el principio… ¿recordás el efecto que tuvo “una mejor ofrenda” entre los hermanos que se mencionan en Génesis capítulo 4?
Mi mamá me repetía hasta el cansancio durante años: “el que cree estar fieme mire que no caiga”.
Y más de una vez me creí santa e impermeable a las comparaciones que con el tiempo me llevaron a la frustración: desde quien se compraba la mejor ropa hasta quien salía en el cuadro de honor del colegio.
Por sentirse menos o por sentirse más… nadie puede decir… “no sé de qué estás hablando”
Las iglesias a lo largo de la historia padecemos de celos y anhelos desmedidos.
El conflicto entre Evodia y Síntique llegó a oídos de Pablo. Era de público conocimiento y por lo tanto estaba generando inestabilidad en toda la congregación, es decir, ellas representaban un peligro para la armonía y estabilidad de la iglesia.
Me gusta la manera en que Jesús encara el tema en el relato de Lucas 14, su consejo hoy sería: “ubicate, no quieras ser quien no sos, la humildad siempre gana amigos”. Nos recuerda que enfrentamos una prueba diaria en este asunto de la comparación: ¿Voy a exaltarme a mí mismo y tratar de ocupar el primer lugar, o voy a humillarme y decidirme a ocupar el asiento más humilde?
Entre los discípulos también se presentó este conflicto. ¿Quién es el preferido? ¿Quién tendrá mejores lugares?
Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por una multitud.
Mateo 20: 26-28 DHH
En la mayor parte del mundo actual se equipara el hecho de ser el primero con ser el más grande. Primer lugar, primera silla, primera clase… todas estas son expresiones de lo que todos pensamos, pero Jesús nos enseñó que la grandeza no es cuestión de ganar una competencia; la grandeza es un asunto de vivir con humildad la vida que vivamos.
Ruth O. Herrera
