Le dijiste a tu gente fiel en una visión: Yo elegí a un valiente de entre la multitud y lo hice importante. Encontré a mi siervo David y lo ungí con mi aceite sagrado. Mi mano lo apoya, y lo fortalezco con mi brazo poderoso.
Salmo 89: 19-21 PDT
Este hermoso salmo de Etán el ezráita hace una descripción del poder de Dios realmente detallado de su poder e incluye el reconocimiento al rey David, quien fue un gran héroe nacional. Este rey fue un niño que creció entre ovejas y también creciendo como soldado, alguien sencillo y lleno de pasión que todo un pueblo lo valoró porque estaba dispuesto a ser fiel a Dios.
En nuestra iglesia somos como ese niño, pero algunos todavía no lo saben. Por eso tenemos que ayudarnos unos a otros a descubrirlo, potenciar a quienes tienen las agallas de enfrentar batallas por el Reino. Ayudarnos a desatar la valentía suficiente para “no volver atrás”. Crucificar con Cristo nuestras debilidades y errores para mostrar a Cristo el Redentor.
Fortalecer la iglesia fortaleciendo a nuestro hermano para que se multiplique su fe y así la Palabra del Señor se cumplirá.
David fue un niño, un joven y un hombre común, con defectos y errores, pasional para lo bueno y vehemente para lo malo. Pero Dios aún así lo eligió y coronó porque conocía su corazón dispuesto a agradarlo y maduro para arrepentirse y aceptar la voluntad divina.
¡Qué bueno que no necesitamos ser perfectos para llegar a Dios! Una y otra vez erramos, en cosas aparentemente chiquitas o grandes, según nuestro propio criterio, pero Papá ve el final del camino, el paisaje completo y sigue perdonándonos y esperándonos.
Muchos de nosotros somos como ese niño y todavía no lo experimentamos, pero el Espíritu Santo no nos da un espíritu de cobardía sino de valor y eternidad. Nuestro futuro, como individuos y como congregación puede ser maravilloso, con altos y bajos, pero siempre prometedor.
Hace algún tiempo nuestro pastor compartió este escrito y hoy, al enfrentar el fin de año es oportuno recordarlo:
Yo soy parte de los que no serán avergonzados nunca. Tengo el poder del Espíritu Santo, Mi suerte ha sido echada y he cruzado la línea divisoria. He tomado la decisión, soy un discípulo del Señor Jesús, no cedo ni retrocedo, ni disminuyo la velocidad ni me detengo ni miro atrás. Mi pasado ha sido redimido, mi presente es bueno y mi futuro está seguro. He cesado con el vivir la vida a la ligera, he terminado con el pasear como turista por la experiencia humana, con planes pequeños, con el tener las rodillas suaves con los sueños en blanco y negro, con las visiones limitadas y con el posponer proyectos para otra ocasión. Ya no requiero la adulación de la gente ni me domina la ambición por cosas materiales, no necesito ser reconocido a la fuerza ni me inquieta el no ganar concursos de popularidad. No tengo que tener la razón, ni ser el primero ni ser alabado, considerado o recompensado. Ahora vivo por la fe, me apoyo en Dios, camino pacientemente, me levanta el ánimo la oración y me apasiona trabajar por el Señor. Mi rostro está afirmado, mi pulso está firme. Mi destino el cielo, el camino es angosto, los acompañantes, pocos. Mi guía es confiable, la misión es clara. No puedo ser sobornado ni desviado de mi derrotero, fracasan los que intentan detenerme, no me intimida el sacrificio, no me agotan los reveses ni el enemigo me hace vacilar. No entro en negociaciones de paz con el adversario ni me siento en su mesa, ni medito en sus éxitos ni me atrae su mediocridad. No me rendiré, callaré ni cesaré hasta que haya perseverado totalmente, orado sin cesar y gastado mi vida en servir a Dios. Yo soy un discípulo de Jesucristo, debo ir hasta que Él regrese, dar hasta que lo haya dado todo, predicar hasta que todos sepan y trabajar hasta que él me detenga. Y cuando Él regrese por los suyos no tendrá dificultad en reconocerme, mi estandarte estará reluciente.
Tomado de un escrito anónimo de un pastor de Zimbabue
Le experiencia de David puede ser la tuya. Aún siendo personas sencillas, como el muchacho que venció a un oso y después a un gigante, alguien sencillo, pero dispuesto a bendecir a 1, 5, 10 o 5000.
Partiendo de quien uno mismo es y proyectándose para alcanzar a la mayor cantidad de personas posibles mostrando el mensaje del Salvador. Decidiendo dejar atrás lo que nos detiene y siguiendo a la meta del supremo llamamiento.
Pequeños por nosotros mismos pero grandes en Dios.
Ruth O. Herrera
