“Acompañando el estudio de las Redes de nuestra iglesia, desarrollemos, juntos también desde nuestros devocionales, esta parábola tremenda y llena de enseñanzas.”
Pocos días después, el hijo menor empacó sus pertenencias y se mudó a una tierra distante, donde derrochó todo su dinero en una vida desenfrenada.
Lucas 15:13 NTV
El hijo llega a la provincia apartada con los bolsillos llenos y una ilusión de libertad absoluta. ¡Por fin dejé atrás mi pasado!
Lejos de la mirada de su padre, de las reglas de la aldea y de la religión de sus antepasados. Ahora sí cree que finalmente va a vivir de verdad.
¡Cuántas veces vemos la realidad que elegimos como lo mejor que puede pasarnos! ¡Que corta puede ser nuestra visión! Lo nuevo siempre es mejor… Hasta que ya no es nuevo ni mejor.
El pecado siempre se presenta como liberación. La tentación siempre tiene un aspecto agradable e inofensivo. El hijo insensato compró amigos, placeres, excesos y estatus. Se convirtió en el centro de atención. ¿Puede haber algo mejor?
No podemos juzgar a quienes se aprovecharon de él, de los falsos amigos, las parejas ocasionales, los que sin duda se sintieron también como herederos del padre. No podemos decir que lo engañaron, pues él se engañó sí mismo en primer lugar. El resto aprovechó lo que él no cuidó.
Y las consecuencias de sus decisiones llegaron. Primero, una compañía que lo hizo caer en desgracia; luego, la bancarrota personal y finalmente el hambre que se hizo sentir.
Pensar en tantos años de esfuerzo de su padre, más allá de su dolor, me indigna, ¡que pibe insensato!
Convenció a un agricultor local de que lo contratara, y el hombre lo envió al campo para que diera de comer a sus cerdos (vs 15)
El término literal de pedir trabajo significa “someterse”, y así, el “gran heredero” fue un esclavo. Cuidar los animales considerados inmundos fue lo único que pudo hacer. Para un judío un cerdo era el colmo de la impureza ritual y física según Levítico 11. Un dicho rabínico de la época decía: «Maldito sea el hombre que cría cerdos».
Esta parábola, entre sus diferentes enseñanzas, es la radiografía del pecado que promete libertad, pero entrega esclavitud. Promete deleite, pero deja un hambre insaciable. Empieza con grandeza, pero despoja de dignidad.
El joven lo había perdido todo: su dinero, su salud física, su pureza, su reputación, su familia y, lo más doloroso, su propia estima. Estaba cubierto de lodo y vergüenza.
¿Cómo concluir este devocional? Ni vos ni yo, probablemente hayamos caído tan bajo… Pero no se trata de gravedad aparente, o “pecados innombrables”.
Es propio del ser humano buscar aceptación, y a veces, lo hacemos de formas y en lugares que no son las mejores. Hoy otra vez revisemos y consideremos qué tanto dejamos de ser quienes realmente debemos ser solo por agradar a otros, pensemos qué cosas dejamos pasar por alto para ser “aceptados o formar parte”.
Ruth O. Herrera
