La mesa de los contrastes

Sucedió que Jesús estaba comiendo en casa de Leví, y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, y otra gente de mala fama, estaban también sentados a la mesa, junto con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que lo seguían. Algunos maestros de la ley, que eran fariseos, al ver que Jesús comía con todos aquellos, preguntaron a los discípulos: —¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores? Jesús lo oyó, y les dijo: —Los que están sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Marcos 2: 15-17 DHH (Énfasis del autor)

 

Me imagino la escena en la casa de Leví. Las mesas en el Antiguo Oriente no eran simplemente lugares para ingerir alimentos, eran espacios de comunión íntima.

Sentarse a comer con alguien significaba «Yo me identifico contigo, comparto tu vida y te acepto». Pero en esta casa se respiraba una tensión extrema por la diversidad de los comensales. Podemos identificar tres grupos diferentes: los marginados y traidores, los escribas y fariseos y el Rey de reyes. Sin duda fue un momento de irritación y malestar. Sentados frente a frente los enemigos mas acérrimos. La rigidez religiosa frente a la más extrema corrupción. Realmente un ambiente poco agradable.

 

El centro de todo… Jesús. Él los había convocado. Por diferentes motivaciones, pero se hicieron presentes. El Maestro, el Santo sin mancha, compartiendo espacio, pan, vino y una conversación absolutamente tensa con el sistema religioso.

En medio de este choque cultural y dogmático, Jesús no se retira ni se disculpa.

Aprovecha el contraste absoluto. Lo usa como puente para establecer el Reino. Cuando los fariseos cuestionan su conducta a través de los discípulos, Jesús no evade la confrontación. Él responde con una lógica espiritual tan aplastante que desarma cualquier argumento legalista.

“—Los que están sanos no necesitan médico, sino los enfermos” (v.17). Con esta sola frase, Jesús redefine el propósito de Su misión en la Tierra.

 

Siempre cuestionadores, los religiosos ponían en duda todo lo que Jesús representaba. Mientras los fariseos murmuran desde los márgenes de la habitación, Jesús decide que Su santidad no es frágil; no se «contamina» por comer con pecadores. Su gracia transforma cualquier atmósfera. Pero él insistía en dejarlos acercarse, y en cada charla les daba la oportunidad de conocer La Verdad. Es casi increíble que con todas las oportunidades que tuvieron no se rindieran ante el Mesías. No escucharon, no vieron, no conocieron el amor que los rodeaba, aun cuando Jesús los resistía. Fueron incapaces espirituales. Jesús se presentó como el Médico Divino, quien no mira a los pecadores desde lejos o con menosprecio, sino con la compasión de un médico que ve a un enfermo terminal. El pecado no es solo una infracción legal, es una enfermedad del alma que solo Él puede curar.

 

Al ver esta escena tenemos que entender y decidir aceptar a los que se nos oponen o nos incomodan pensando en la restauración posible. Vencer nuestras propias barreras. Sentarnos en todas las mesas, con diferentes personas, en realidades que no aceptamos fácilmente para desatar salvación y vida. Si hacés memoria ¿alguna vez discriminaste o no aceptaste compartir un espacio con alguien “diferente”. ¿Qué o quién te hace sentir incomoda/o para evitar su compañía?

Si realmente sentiste o sentís esto te invito a decirle a Papá: “Gracias por tu paciencia conmigo y por sentarte a la mesa de mi vida cuando todavía estaba enfermo y perdido. Hoy te pido que transformes mi corazón para que se parezca al tuyo. Quita toda actitud de superioridad moral o fariseísmo. Dame la gracia para aceptar a los que piensan diferente, el amor para escuchar con empatía sus dolores, y la generosidad para dar segundas oportunidades a quienes han fallado. Que mi vida, mis palabras y mi mesa reflejen siempre tu sanidad y tu compasión. Amén.

Ruth O. Herrera