Por tanto nosotros todos mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen por el Espíritu del Señor,
2° Corintios 3: 18
Era costumbre para el pueblo judío ir cada sábado a la sinagoga a escuchar la lectura de las Escrituras, las mismas que eran enseñadas de padres a hijos y les eran familiares. Este mismo conocimiento era el que le impedía muchas veces a la iglesia primitiva tener un entendimiento renovado y asimilar las enseñanzas de Jesús.
Cristo vino a establecer un Nuevo Pacto y le dio un más profundo sentido y cumplimiento al Antiguo Pacto. Él mismo dijo:
«No piensen que he venido para poner fin a la Ley o a los Profetas; no he venido para poner fin, sino para cumplir” Mateo 5:17
Hay una continuidad básica entre el Antiguo y el Nuevo Pacto. La ley que Moisés recibió en el Sinaí reflejaba el pensamiento de Dios, que desde el principio era el plan perfecto del Reino de los Cielos.
Pablo conocía las limitaciones de la religiosidad del pueblo, porque él mismo las había experimentado.
Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado.
2° Corintios 3:14
El rito y las costumbres “evangélicas” pueden parcializar en nosotros la visión renovada de Cristo, tanto como sucedía con la iglesia de Corinto. Porque no es solo por leer o conocer las Escrituras que somos libres y se renueva nuestro pensamiento. Solo el Espíritu Santo puede hacernos libres, su obra nos enseña y discipula.
Leí hace poco una frase que me impactó: “El mejor maestro del mundo no puede enseñarle al hombre que cree saberlo todo y no quiere aprender”.
Y muchas veces nuestros conocimientos son justamente los que nos hacen incrédulos y poco moldeables. Me impresiona sobremanera la frase de Pablo: “el entendimiento de ellos se embotó”, es como decir: “son necios por saberlo todo”.
Es necesario ser como un niño, creer y confiar en la revelación nueva que Dios nos está dando como iglesia, como familia y como sus hijos de manera particular. Dios es un padre que alimenta a sus hijos con comida fresca. Esto no invalida lo que aprendimos y vivimos hasta ahora, pero necesitamos buscar el maná de cada día, y comprometernos con la visión y el mover del Espíritu cada día. Porque nosotros no somos los mismos de hace una década atrás, o un año atrás, y necesariamente debemos ser “transformados de gloria en gloria”.
Si en tu vida hay cosas que cambiar y andás patas para arriba con el evangelio, pensá que tenés que “convertirte” y conocer algo diferente de Dios. Pablo dice que “cuando nos convirtamos al Señor el velo se quitará”.
Hay muchas cosas que tenemos que quitar de nuestra vida, y el apóstol nos alienta a hacerlo al afirmar: “porque el Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad”.
Vamos a Dios porque tenemos sed de su presencia, y es allí donde nos cubre de tal forma que todo lo que oprimía nuestro corazón, lo que marcaba nuestra vida, queda bañado por esa presencia de Dios. Por eso dice Pablo que vamos como de gloria en gloria transformándonos en la misma imagen de Jesús. Es extraño, es misterioso, pero parece que en ese ejercicio, nos vamos a parecer cada vez más, a tener el mismo sentir, y el mismo pensar que Cristo Jesús. Hay una mimetización que a veces hacemos con los demás al pasar mucho tiempo juntos, como algunos matrimonios de viejitos que se van pareciendo en la medida en que pasan los años. Así podemos “mimetizarnos con Cristo” y ser como su imagen.
Tomado del sermón del 15 de marzo, 2015.
