El criado regresó y se lo contó todo a su amo. Entonces el amo se enojó, y le dijo al criado: “Ve pronto por las calles y los callejones de la ciudad, y trae acá a los pobres, los inválidos, los ciegos y los cojos.
Lucas 14:21DHH
Uno de los aspectos más llamativos de la Parábola de la Gran Cena es la reacción del anfitrión. Ante el rechazo unánime y ofensivo de sus amigos y conocidos cercanos el anfitrión podría haber cancelado la cena o posponerla, pero su intención de celebrar y bendecir a otros no cambió.
Posiblemente alguno de nosotros cerraríamos la puerta, apagaríamos las luces y nos sentaríamos enojados rumiando bronca y frustración.
La historia expone la naturaleza fiel, amorosa y decidida a mostrar gracia del dueño de la casa, al que identificamos como Jesús. Cuando los primeros invitados lo rechazan, Él hace que su invitación sea más amplia, más radical, generosa y más escandalosa.
No necesita conocer la historia, ni antecedentes o detalles de la vida de sus nuevos invitados. Lo espera para tratarlos como a privilegiados. No los consideraba ni pobres ni enfermos. Solo por aceptar la invitación los respetaba y favorecía.
Entonces el amo le dijo al criado: “Ve por los caminos y los cercados, y obliga a otros a entrar, para que se llene mi casa. Porque les digo que ninguno de aquellos primeros invitados comerá de mi cena.”
Lucas 14:23-24 DHH
Los invitados originales dejaron de ser parte de la cena, ya no pertenecían al Reino. Ahora la casa se llenaría de personas con defectos, pecado, marginalidad y al dueño no le preocupaba la contaminación que podrían provocar. Una actitud muy contraria a los prejuicios y discriminación que hasta hoy día siguen existiendo.
Ni el color de piel, origen étnico, posesiones o la clase social eran importantes. Todo lo que ofrecía era libre y gratuito. El único costo era aceptar la invitación. Un cambio demasiado radical….
Nunca creas que estás demasiado lejos o demasiado «roto» para recibir la invitación de Dios. La puerta siempre está abierta, la mesa siempre está servida, la invitación nunca caduca.
Cada mañana, cada tarde y cada noche se sirve el banquete, pero lo disfrutan solo quienes lo aceptan. Tu pecado y el mío, las veces que retrocedimos, la falta de fe, lo que hicimos o lo que no, lo que se considera un defecto es justamente lo que impulsa a Dios a invitarnos a Su mesa. No busca ni le interesa lo perfecto, porque de eso se ocupa Él.
La frase del anfitrión «oblígalos a entrar» y el pedido de usar la persuasión, buscar e insistir; creo que esa fue la actitud del Padre al enviar a Jesús. Y también así fue la oración del Hijo… “que ni uno se pierda”
Dios insiste. Él es un Dios de segundas, terceras y cuartas oportunidades. Su casa tiene que llenarse. Su gracia no se frustra por nuestro rechazo; simplemente fluye hacia los lugares más bajos y necesitados.
Gracias, Papá, porque siempre puedo entrar. Gracias, Papá, porque hay un lugar en tu mesa para mí.
Ruth O. Herrera
