Mientras me negué a confesar mi pecado, y gemía todo el día. Día y noche tu mano de disciplina pesaba sobre mí; mi fuerza se evaporó como agua al calor del verano.
Salmo 32:3-4 NTV
El rey David trató de callar, pero se dio cuenta de que él no podía soportar más lo que le estaba sucediendo y esto estaba haciendo que envejecieran sus huesos. Ese hombre vigoroso, el gran rey de Israel comenzaba a ser casi un anónimo que vivía en la oscuridad, por lo tanto se acercó al Señor.
Alguien una vez me dijo: “Pastor, ¿cómo puedo levantar las manos en la iglesia si hace diez años que estoy luchando con esta situación y no puedo resolverla?” Cuando escuché esa historia, pensé “¿dónde estuvimos que no pudimos ayudarte en ese tiempo para que estés bajo la cobertura del Señor? ¿Por qué seguís viviendo y asistiendo a la casa de Dios con un peso tan grande sobre tus espaldas?”
Pastor Milton Cariaga
El poderoso rey de Israel, vigoroso y fuerte, hombre experimentado en batallas, acostumbrado a obtener grandes victorias, estaba envejeciendo por dentro.
Otra versión dice:
Todos los días que seguía orando, sin confesar mis pecados, me debilitaba cada vez más.Dios mío, tú hacías mi vida cada día más difícil. Llegué a ser como tierra que se seca en verano.
Salmo 32:3- 4 (PDT)
Es una experiencia mucho más común de lo que creemos. Cuando sucede, como en general no se comparte con nadie, pensamos que le sucede solo a algunos inmaduros o tercos empedernidos y que a los cristianos maduros no les pasan estas cosas. Pero pasan, el camino hacia la madurez está lleno de baches, posibles caídas y momentos de oscuridad.
Desde que conocimos a Cristo nuestra vida fue cambiada desde adentro, por la obra del Espíritu Santo. Si mantenemos cuentas claras, al día con Papá, podemos crecer superando errores. Pero cuando los tapamos o fingimos que no pasa nada, lentamente comenzamos a secarnos y debilitarnos, aunque exteriormente no se note.
David reconoce que llegó a ser como tierra seca en el verano. La comparación es muy gráfica: Cuando no es temporada de lluvia y el sol cae a pleno, la tierra se reseca, muchas veces hasta tal punto que se resquebraja. Todo lo que intentemos sembrar en esa tierra no va a germinar, se va a secar, porque el agua no puede nutrirlo. Él conocía la comunión íntima con su Dios y por eso estaba mal y “gemía todo el día”. Extrañaba esos momentos de adoración genuina que antes había disfrutado.
Nuestro modelo social individualista hace que pensemos que callar, no confesar a Dios nuestras equivocaciones, solo nos afecta a nosotros. O que podemos decir una frase general de compromiso del tipo “Señor perdona todos mis pecados” como una fórmula y seguir adelante con nuestra vida.
Pero la Palabra nos anima también en ese sentido, porque sabemos que vamos a Aquel que es fiel y justo, el único que puede perdonarnos y además limpiarnos de toda maldad.
Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.
1° Juan 1:8-10 (RVR60)
(Énfasis del autor)
Dejemos de callar ante Él. Él es el único que puede cambiarnos profundamente.
Mónica Lemos
