«¿Acaso alguno de ustedes, que sea padre, sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado, o de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!»
Lucas 11: 11-13 DHH
Después de enseñarles a sus discípulos cómo orar, Jesús sigue hablándoles de la fidelidad del Padre. Describe lo que diferencia el amor humano del amor divino.
No solo podemos intimar y hablar con Dios, podemos esperar en su lealtad y fidelidad.
Jesús se anticipó a la experiencia de Pentecostés afirmando que su Padre respondería a quien pidiera experimentar la amistad con el Espíritu.
Al declarar esta promesa, Jesús describe la naturaleza de amor y lealtad del Padre celestial.
Utiliza una comparación sencilla pero poderosa: si los seres humanos, aun con su imperfección, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más nuestro Padre celestial, que es perfecto en amor y fidelidad, dará lo mejor a quienes lo buscan.
Jesús “confirma la lealtad del Padre”. Se compromete con contundencia al afirmar… “ningún ser humano puede igualar la lealtad de Dios”.
Un ejemplo de fidelidad extravagante hacia nosotros. La promesa de que el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan es una muestra clara de su deseo de superación y transformación del ser humano.
No se trata simplemente de una oferta, sino de una promesa segura, un acto de lealtad divina que nunca falla. La certeza de que nuestro pedido será escuchado y respondido: “Papá, deseo vivir en la plenitud de tu Espíritu Santo”.
Dios no es un padre que entrega daño disfrazado de bien, sino que siempre desea dar lo mejor a sus hijos. En medio de nuestras necesidades, dudas o dificultades, podemos confiar en que la fidelidad del Padre es firme y la sella con su deseo de llenarnos de su Espíritu para guiarnos, fortalecer nuestra fe y transformarnos a la imagen de Cristo.
¿Estás dispuesto a pedir la visita del Espíritu y a someterte a ella? La lealtad de Dios es segura, y su promesa de darte el Espíritu Santo es una garantía de su amor constante. Cuando sientas que las circunstancias son difíciles o que no encontrás respuestas, recordá que tu Padre celestial está dispuesto a llenar tu vida con Su presencia y Su poder.
Hoy, al finalizar este momento devocional, nuestra oración es la siguiente:
“Señor, gracias por tu lealtad infinita y por la promesa de llenar mi vida con tu Espíritu. Ayudame a confiar en tu fidelidad y a pedirte con fe todo lo que necesito. Gracias porque en vos puedo encontrar seguridad, amor y la certeza de que nunca me abandonarás. En el nombre de Jesús, amén”.
Ruth O. Herrera
