Lo imposible es posible

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de Santiago, y se fue aparte con ellos a un cerro muy alto. Allí, delante de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su cara brillaba como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz. En esto vieron a Moisés y a Elías conversando con Jesús. Pedro le dijo a Jesús: —Señor, ¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Mientras Pedro estaba hablando, una nube luminosa se posó sobre ellos, y de la nube salió una voz, que dijo: «Éste es mi Hijo amado, a quien he elegido: escúchenlo.» Al oír esto, los discípulos se postraron con la cara en tierra, llenos de miedo.Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: —Levántense; no tengan miedo…

Mateo 17: 1-7a DHH

Con los discípulos, Jesús tenía un propósito y era cambiar la historia, cambiar el mundo y predicar de Su evangelio hasta lo último de la tierra. Entonces tomó a tres de ellos y se los llevó aparte. Él transformó la vida de los doce, pero algo especial hizo con estos tres.

Él tenía un propósito, un motivo, un plan especial para ellos, estar allí en lo alto de un cerro, en un encuentro trascendental con la divinidad. Con Moisés y Elías, quienes habían vivido alrededor de 1.000 años antes, conversando con Jesús. Algo tan fuerte que el rostro de Jesús resplandecía como el sol y sus vestidos eran brillantes. Algo totalmente distinto que iba a marcar a fuego a estos hombres. Ellos podrían decir sin duda que: “cosas que oído no oyó y ojo no vio son las que van a experimentar aquellos que le siguen”.

Ellos mismos escucharon una voz audible del cielo que decía: “Este es mi Hijo amado y en Él me complazco”. Si algo necesitaban estos discípulos que estaban aprendiendo a vivir con Jesús, era esa presencia manifiesta de Dios que les afirmó e imprimió que a quien le estaban dando la vida era el Hijo amado de Dios.

Tal cual lo describe la Biblia, la fe es la certeza de lo que se cree y la convicción de lo que no se ve. Por eso la fe no es fuerza para creer. En vos habita la esperanza, y la esperanza es la pasión por lo posible.

Solo con Dios lo imposible es posible. Aun a pesar de nuestra condición y pequeñez delante de su inmensidad, es por su amor y condición de Padre que sigue trabajando en nosotros. En su presencia alcanzamos la esperanza de que “nada hay imposible para Dios”. Lanzate a los brazos de Dios, dejá que el Espíritu Santo ponga pensamientos, sentimientos y convicción de su presencia permanente en tu corazón. 

Nuestras debilidades son genuinas y vez tras vez caemos en ellas, pero el amor y perdón de Dios nos vuelve a enfocar y redireccionar. Su paciencia y deseo por nosotros son los mismos que tenía por Pedro, Juan y Jacobo, quienes también eran vulnerables y cedían a su propia carne. Pero Jesús invirtió en ellos y les anticipó su gloria y el cielo. Aun después de presenciar esa visitación, quisieron egoístamente quedarse en el monte, pero una vez más Jesús les dio la perspectiva correcta.

Nada hay imposible para Dios, y eso incluye que en cada oportunidad en la que nos rindamos postrados a sus pies reconociendo lo débil de nuestra vida, su gloria se manifestará, y seguiremos siendo cambiados.