Al verlo, caí a sus pies como muerto. Pero él, poniendo su mano derecha sobre mí, me dijo: «No tengas miedo; yo soy el primero y el último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre. Yo tengo las llaves del reino de la muerte. Escribe lo que has visto: lo que ahora hay y lo que va a haber después.
Apocalipsis 1:17-19 (DHH)
El Espíritu de Dios se manifestó en el apóstol Juan en el preciso momento de una situación súper límite. En tiempos de persecución hacia la iglesia estando prisionero en una isla Dios lo visita de una manera especial.
El texto dice que no lo llenó de doctrina ni de teología ni de preguntas difíciles, simplemente puso Su mano sobre él.
A la luz del relato creo que vos y yo necesitamos hacer esta oración: “Señor necesitamos que pongas tu mano sobre nosotros”
Como nunca queridos aunque tengo mucho recorrido necesito que Él ponga su mano sobre mí.
Precisas que la gloria de Dios, la mano poderosa de Dios venga sobre tu vida. No se trata de una cuestión de moda. No se trata de pensar “a ver qué tenemos para este tiempo nuevo”. Hay mucho para este tiempo y hay que crear este tiempo nuevo porque Dios está dispuesto y quiere una iglesia dispuesta.
No hay una sola persona, desde la más ancianita a la más joven en la cual El Señor no haya puesto su mirada. Él te ve siempre como podés llegar a ser en sus manos. Podés escribir una nueva historia.
Como a Juan te dice: Escribe lo que has visto: lo que ahora hay y lo que va a haber después.
Pastor Hugo Herrera
La reacción de Juan ante la aparición del Señor resucitado es la misma que la de otros personajes bíblicos como por ejemplo Isaías o Daniel, de temor. No es el tipo de temor que siente aquel que sabe que ha hecho todo mal y ve venir el castigo, sino un temor reverente. Es la respuesta natural de las personas que ante el encuentro con lo sagrado perciben claramente que están en presencia de alguien ante quien todo lo que se considera excelencia humana cae.
Juan estaba en el Espíritu en el momento en que, en primer lugar, escuchó una voz, luego vio distintos símbolos y finalmente al Señor. Esa visión le produjo gran temor. Por eso Jesús puso la mano sobre él y le dijo “no tengas miedo”.
El Cristo resucitado lo visita en el peor momento de la vida del apóstol, cuando está desterrado y solo, y le da la visión que necesita para ese tiempo. ¿Cómo lo hace? Su mensaje corporal y verbal es totalmente coherente. Coloca Su mano sobre él y también le habla.
Jesucristo estuvo con Juan, lo tocó y luego le encomendó la tarea de transmitir esperanza para las iglesias de ese tiempo.
Hay momentos en que las situaciones son tan difíciles que nada de lo que hemos aprendido antes o aun experimentado es suficiente. Nos urge encontrar revelación antes de dar el próximo paso, necesitamos saber cuál es el camino que tenemos que seguir, qué dirección tomar. Si nos quedamos quietos o debemos avanzar de inmediato.
Jesús sigue extendiendo Su mano para afirmar Su presencia y fortalecer nuestra fe. Y también desea hablarnos. Él quiere que ejercitemos nuestra memoria para recordar lo que ya hemos visto de Su obrar en el pasado; que miremos sin engañarnos lo que hay ahora, tal cual es, para luego poder enfocarnos en lo que va a haber después.
Su mano es una mano de poder, pero también de afirmación, de seguridad, de protección y de esperanza para seguir avanzando.
Y publiqué ayuno allí junto al río Ahava, para afligirnos delante de nuestro Dios, para solicitar de él camino derecho para nosotros, y para nuestros niños, y para todos nuestros bienes. Porque tuve vergüenza de pedir al rey tropa y gente de a caballo que nos defendiesen del enemigo en el camino; porque habíamos hablado al rey, diciendo: La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan.
Esdras 8: 21 y 22a (RVR60)
(Énfasis del autor)
Mónica Lemos
