Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.
Santiago 4.17
“¡Dios, dame fuerzas para dejar de [ inserte aquí su acción pecaminosa preferida] !”
¿Quién no oró así alguna vez? Por nuestra propia naturaleza, y fogueados por el entorno social y cultural, solemos tener tendencia a desear, pensar y hacer cosas contrarias a lo que Dios señala como bueno. Eso no es ninguna novedad. Y por ende, cuando entendemos que estos pecados nos separan de Dios, concentramos nuestros esfuerzos en no cometerlos más, en “dejar de”. ¡Y cómo nos cuesta!
En mi trabajo docente una de las reglas didácticas más importantes cuando se le explica algo a un alumno es evitar las definiciones que van por el NO. Si un docente quisiera describir a un elefante, convendría que dijera “es gris” antes de decir “no es ni blanco, ni rojo y no tiene rayas”. ¿Por qué? Porque si no, uno lleva la atención del otro al blanco, al rojo y a las rayas.
A los fariseos les pasó, hablando mal y pronto, algo similar. Estaban tan concentrados en el ritual y lo que tenían que evitar, que perdían el plano general. La no transgresión del día de reposo pesaba más para ellos que la sanidad de un enfermo, por ejemplo.
Por eso me llama tanto la atención este versículo de Santiago: Pecado no es solamente hacer algo malo, sino también no hacer lo bueno.
Obviamente que hay conductas que son muy destructivas para con otros y hasta para con nosotros mismos, y que estas conductas debemos dejarlas atrás. Pero creo que la vida plena, la libertad que Jesús nos ofrece, van más allá de una vida de restricciones y prohibiciones. Y si miramos bien, con cada acción que en la Biblia se califica de pecado, unos versículos más adelante o más atrás, encontraremos lo que Dios SÍ espera de nosotros, y esto suele ser algo superador, algo mucho más profundo que simplemente no realizar una acción mala. Para dejar de criticar, por ejemplo, bastaría con cerrar la boca, pero somos llamados a más que eso: somos llamados a proclamar vida con nuestras palabras.
¿Qué pasaría si al esfuerzo por “dejar de”, le sumamos el esfuerzo por “empezar a”? ¿Si en lugar de luchar contra la envidia y la avaricia, empezáramos a cultivar la gratitud y la generosidad?¿Y si en vez de solamente hacer fuerza por no criticar, pusiéramos nuestros esfuerzos en hablar bien y bendecir? ¿Qué pasaría si además de evitar conductas egoístas, invirtiéramos nuestro tiempo en amar y en poner primero a otros?
Quizás podríamos vernos menos [inserte aquí lo que le sale por naturaleza] si actuáramos más en pos de que Dios nos hiciese más [ inserte aquí lo que sale por obra del Espíritu].
Yanett Sokur
