Luz absoluta

Este es el mensaje que oímos de Jesús y que ahora les declaramos a ustedes: Dios es luz y en él no hay nada de oscuridad.

1 Juan 1:5 (NTV) 

Esta semana estamos compartiendo algunas de las realidades espirituales que menciona Santiago. Él habla de Dios como el Padre de las luces. Retomando esta idea, el apóstol Juan recuerda el mensaje que él y sus amigos oyeron de Jesús: Dios es luz y en él no hay nada de oscuridad. 

Desde los Evangelios (que se escribieron antes que la carta), Juan registra las siguientes declaraciones del Maestro: 

Una vez más Jesús se dirigió a la gente y dijo: —Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.

San Juan 8:12 (NVI)

¿Por qué es importante este contraste entre luz y oscuridad? Bueno, una primera aproximación que se me ocurre es un dicho popular que expresa lo siguiente: Todos tenemos luces y sombras. Es una realidad humana concreta. De hecho, los personajes bíblicos nos sirven de espejo donde mirarnos. Podemos observar sus aciertos, sus virtudes, sus pecados, sus extravíos: todo, absolutamente todo está expuesto. La Biblia no nos muestra personas perfectas, sino personas reales tratando de aprender a confiar en Dios y en Su llamado.

David, por ejemplo, tenía el hábito de exponerse ante la luz. Él hablaba con el Creador y desnudaba sus más íntimos pensamientos, sus sentires más ocultos, uno por uno. Algunos de los salmos más bellos son el resultado de este ejercicio.

Ahora bien, ir hacia la claridad, permitir que la luz perfecta nos traspase tiene sus riesgos: nos da miedo vernos desnudos, descubiertos en la multitud de nuestras miserias (esto viene desde el Génesis), entonces preferimos actuar como si nada pasara.

Sabemos que ya somos hijos de Dios y aun así, elegimos el camino oscuro. Porque ¿qué es sino esa dificultad que tenemos para reconocer nuestros pecados, nuestras sombras? Todos, todos tenemos pecado. Y lo mejor que podemos hacer es reconocerlo ante la luz absoluta. Por eso Juan nos asegura 

Por lo tanto, mentimos si afirmamos que tenemos comunión con Dios pero seguimos viviendo en oscuridad espiritual; no estamos practicando la verdad. Si vivimos en la luz, así como Dios está en la luz, entonces tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado. Si afirmamos que no tenemos pecado, lo único que hacemos es engañarnos a nosotros mismos y no vivimos en la verdad; pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si afirmamos que no hemos pecado, llamamos a Dios mentiroso y demostramos que no hay lugar para su palabra en nuestro corazón.

1 Juan 1: 6 al 10 (NTV)

Una segunda aproximación en este pensamiento es que, de hecho, si investigás un poco en la historia de la iglesia, muchos avivamientos comenzaron a partir de la confesión de pecados del pueblo de Dios. Es lógico, iluminar nuestras zonas oscuras es una tarea que el Espíritu Santo anhela hacer. Los hijos del Señor desearon tanto ver Su obrar en el mundo que estuvieron dispuestos a exponerse sin reservas ante la perfecta luz. Y esa disposición generó, posteriormente, profundas transformaciones sociales. Porque es una verdad espiritual incuestionable que cuando la luz invade, la oscuridad desaparece.

Mónica Lemos