Luz

Oh SEÑOR, tú eres mi lámpara; el SEÑOR ilumina mi oscuridad.

2° Samuel 22:29 NTV

Recuerdo cuando mi mamá comenzó con los primeros síntomas de Alzheimer. Yo estaba

desconcertada, la llevé a un neurólogo que me tranquilizó y dijo que ella estaba bien. Yo,

que la conocía, sabía que no era así. Consulté a otro profesional que se acercó un poco

más al diagnóstico, pero no me dio ningún tipo de esperanza. Lo mejor que se podía hacer era tratar de que la enfermedad avanzara lentamente. Nada más.

A partir de ese momento comenzó un largo y extenuante camino lleno de incertidumbre.

Vivíamos solas mi mamá, mi hija y yo. Los recursos económicos no eran los más

abundantes y se abría ante nosotros un mundo que desconocíamos. Siempre aparecía un síntoma nuevo: cambios de humor repentinos, un lenguaje que ella nunca había usado antes, variaciones en el apetito y sobre todo, una necesidad constante de que yo estuviera todo el tiempo a la vista.

Tratando de encontrar respuestas comencé a buscar datos en internet, fui hasta la sede de ALMA (Asociación Lucha contra el Mal de Alzheimer) y adquirí materiales específicos.

Cuanto más intentaba conocer a lo que me enfrentaba, más me frustraba… todos los días aparecían comportamientos nuevos, enfermedades extrañas y repentinas. Realmente no sabía cómo ayudar de forma eficaz a quien tanto amaba. Y, dada mi forma de ser, pensaba que había algo que tal vez no había tenido en cuenta y que podría ayudarla…entonces me esforzaba un poco más.

Te sorprendería la cantidad de información que reuní y las más extrañas estrategias que puse en práctica. Como utilizar música de Mozart porque ayudaba a la estimulación cerebral (todavía recuerdo la cara que puso el neurólogo cuando se lo conté). Una determinada melodía sonaba casi todo el día en casa.

Mientras tanto, por cada pequeño avance había cinco retrocesos. Daba pasos a tientas y le pedía a Dios con mucha insistencia que me diera luz del cielo para saber cómo actuar y reflejos rápidos para responder ante situaciones inesperadas.

El proceso duró cuatro largos años. Aprendí mucho, y desarrollé habilidades que no sabía que tenía. Pero sobre todo, pude experimentar la luz del Señor que alumbraba un camino muy oscuro.

A veces era una débil llamita que nos permitía dar un paso, otras una claridad demasiado nítida como para atribuirla a alguna iniciativa humana.

Dios ordenó, paso a paso, la obra de nuestras manos y Su luz permitió que reaccionáramos a tiempo en momentos que, años después, descubrimos que eran vitales

Y sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros: Y ordena en nosotros la obra de nuestras manos, La obra de nuestras manos confirma.

Salmos 90: 17 RVA

Durante el proceso confirmé, como lo había hecho años atrás con mi hija, que la vida

espiritual no depende de nuestro funcionamiento cerebral. No sé si puedo explicarte esto

muy bien, voy a tratar de hacerlo por medio de un ejemplo: Había cosas que no estábamos dispuestas a resignar, una de ellas era la bendita costumbre de agradecer por los alimentos. Para que no se transformara en un ritual, buscábamos nuevas formas y mamá, por supuesto, oraba por los alimentos. Eso no era negociable. La enfermedad le había quitado muchas cosas, no estábamos dispuestas a permitir que también la privara de hablar con su Papá celestial. Le decíamos “mami, ahora orás vos” y su respuesta siempre era “no, querida, no sé qué decir, no tengo palabras”, inmediatamente comenzaba a orar y su oración era perfectamente coherente. Siempre. Luego, volvía a su mundo inexpugnable.

Jesús volvió a hablarle a la gente: —Yo soy la luz que alumbra a todos los que viven en este mundo. Síganme y no caminarán en la oscuridad, pues tendrán la luz que les da vida.

Juan 8:12 TLA

Jesús es la luz que alumbra a todos. A los sanos y a los enfermos, a aquellos que poseen

grandes facultades intelectuales y a los que sufren cualquier tipo de discapacidad que les impide aun pensar y hablar con coherencia. Su promesa es que los que lo siguen tendrán la luz que le da vida, una vida que trasciende el funcionamiento biológico porque es del orden del Espíritu.

 

Mónica Lemos