Por lo tanto, mis amados hermanos, manténganse fieles al Señor. Los amo y anhelo verlos, mis queridos amigos, porque ustedes son mi alegría y la corona que recibo por mi trabajo.
Filipenses 4:1 NTV
El apóstol Pablo, a pesar de estar en prisión, escribe con una profunda alegría y amor hacia los filipenses. Él está agradecido y lleno de gozo por la gracia compartida y la obra de Dios en ellos. El apóstol sabía que la alegría cristiana no depende de las circunstancias externas, sino de la relación con Dios y con los demás.
En los días en los que las ocupaciones te agotan, ¿cómo ves las cosas?, ¿ves el vaso medio vacío o medio lleno? Y lo que falta es saber: ¿de qué está lleno tu vaso? Nuestra mirada de las circunstancias muchas veces define nuestro humor, nuestras decisiones, nuestro trato con los demás.
Un vaso medio vacío puede estar ansioso, insatisfecho y vulnerable a la decepción. Por el contrario, un vaso medio lleno representa una actitud optimista, que casi rebosa de alegría, expresa un amor más activo y la gracia de Dios.
Si lo pienso en estos términos creo que el vaso medio lleno está satisfecho, más fortalecido y capaz de compartir con los demás su buen ánimo. Y sé positivamente que vos, como yo, preferías estar cerca de un vaso medio lleno que del medio vacío.
La clave para llenar nuestro vaso está en la oración y el amor, como Pablo nos muestra. Él ora para que el amor de los filipenses abunde cada vez más en conocimiento y discernimiento, y para que estén llenos de frutos de justicia. Esta abundancia de amor y justicia es lo que llena nuestro vaso, permitiéndonos experimentar y compartir la alegría del Señor.
Hay otra historia que quiero contarte, la de Ana, una chica de Mendoza que se sentía como un vaso vacío, siempre buscando algo que la llenara. Intentó encontrar alegría en muchas cosas: relaciones, trabajo, entretenimiento, pero nada parecía suficiente. Un día, una amiga la invitó a un grupo de oración. Ana decidió ir, pensando que podía “matar el tiempo”. No tenía expectativas de nada, solo cumplía con su amiga.
Cuando el grupo de jóvenes empezó a orar algo raro parecía rodearla. Y repentinamente sintió una paz y alegría que nunca había experimentado. No entendía nada, pero algo pasaba adentro de ella. No esperó a que la vuelvan a invitar, esa semana el Espíritu Santo comenzó a llenarla de una nueva manera de ver la vida. Las charlas con su amiga le provocaban una expectativa por conocer a Jesús realmente.
El amor y la gracia de Dios inundaron su vida, transformándola completamente. Ahora, Ana vive con una alegría que no depende de sus circunstancias, sino de su relación con Cristo. Lo curioso es que hoy es tan optimista y demuestra y da tanta alegría que la llaman… “la chica del vaso lleno”.
El apóstol Pablo describe a sus hermanos de Filipos como personas diferentes que provocan su alegría. Él pensaba bien de ellos por las obras que conocía y por la ayuda y beneficios que le habían brindado, por la generosidad y la verdadera amistad. Una iglesia con personas de influencia y demostración del verdadero amor de Dios.
¡Que impresionante es saber que la actitud de los filipenses hizo feliz a un hombre en la cárcel!
Alguien que ve su vaso medio lleno puede cambiar la visión del vaso ajeno… ¿Y vos qué ves?
Ruth O. Herrera
