Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros. Ustedes deben amarse de la misma manera que yo los amo. Si se aman de verdad, entonces todos sabrán que ustedes son mis seguidores.
Juan 13: 34-35 TLA
(Énfasis del autor)
Justo después de que Judas se fuera de la cena, Jesús abrió su corazón y volvió con contundencia a hablar de su inminente muerte. Era imprescindible alentar a sus amigos, anunciarles parte del futuro y sobre todo declararles su amor y la urgencia de que ellos mismos sean capaces de amarse de manera profunda.
Sí, eran muy diferentes, pero amarse, respetarse y estar unidos era definitorio para ser herederos del Maestro. Yo los amo, ustedes deben amarse. El amor era lo que identificaba a Jesús: capaz de mirar a cada uno de manera diferente, valorar hasta las últimas consecuencias, dar una y otra oportunidad, mirando a hombres y mujeres desde el valor que sabía que tenían, que era el valor que Él les daba potenciando cada vida.
El precio que Jesús pagó fue muy alto como para que tengamos una imagen pobre o devaluada del otro. Cada persona que nos rodea, sea cual sea su realidad, sus elecciones o decisiones tiene un valor superlativo por Cristo.
Cuánto daño podemos hacerle a una persona definiéndolo y tratándolo según nuestra mirada.
Entonces Jesús se puso de pie y le dijo: —Mujer, los que te trajeron se han ido. ¡Nadie te ha condenado! Ella le respondió: —Así es, Señor. Nadie me ha condenado. Jesús le dijo: —Tampoco yo te condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar.
Juan 8: 10-11 TLA
Esta mujer fue condenada antes de llegar frente a Jesús. La humillación, el desprecio y la falta de valoración la arrastraron por la ciudad como si fuera una carnada para atrapar al Maestro. A nadie le importó su desesperación, el pánico de ser acusada y condenarla solo para lograr aquella trampa. Ella fue mirada por los fariseos con absoluto desprecio y Jesús la miro desde su misericordia. Por ella también pagaría un precio muy alto.
¿Cómo miras al otro? Cuando no estás de acuerdo, si te molesta su manera de vivir, o te incomoda su carácter. Si es muy diferente… ¿lo miras como si fuera tu espejo, en el que no querés ser menospreciado o criticado?
En estos días me hice esta pregunta… ¿Miro a los demás con la misma aceptación que yo quiero o necesito? Porque de esto se trata amar como Jesús me pide: amar como me amo a mí misma. En todos los ámbitos, en mis lugares comunes, donde no soy tan bien recibida. En la iglesia, con quienes no comparto sus formas. En el trabajo, la calle, con quienes tienen mucho y con quienes les falta casi todo.
Es un ejercicio constante de mirar como quiero que me miren, porque a Jesús le costó muy pero muy caro la vida de los demás.
¿Vos cómo mirás a los demás?
Ruth O. Herrera
