Dios le dijo a Abram: Deja a tu pueblo y a tus familiares, y vete al lugar que te voy a mostrar.
Génesis 12:1 TLA
Posiblemente hoy sea uno de esos días en los que te encantaría quedarte en casa y disfrutar la comodidad del hogar. Descansar después del almuerzo, ver una buena película o leer un buen libro. Pero hay un mundo que está girando afuera y está esperando tu aporte. Dios tiene una tarea específica para vos y no podés huir de eso.
Hoy pensemos juntos en la manera en que Dios asigna una labor a cada uno de sus hijos, en un “proceso” que muchas veces conlleva problemas, pero que finalmente hereda las promesas del cielo.
El llamado de Dios tiene un “proceso” que se ve con claridad en la historia de muchos de los personajes de la Biblia, como por ejemplo, en la vida del patriarca Abram. El llamado de Dios empieza y termina en Él mismo. Dios es el objetivo final, ¡y su gloria nuestro móvil!
Vivía en Harán y Dios lo llamó por primera vez en Ur de los Caldeos, pero reiteró su plan en Harán, Siquem, Betel, y dos veces más en Hebrón. Y en cada llamado renovó su confianza en él.
Al paso del tiempo, y en los momentos críticos de la historia de Israel, cuando los descendientes de Abram enfrentaron distintas dificultades, este llamado fue fuente la inspiración para guiarlos. Esa es la explicación de por qué la promesa inicial, se le repitió a su hijo Isaac, a su nieto Jacob y cientos de años después al rey David.
A menudo necesitamos creer que se renueva nuestro llamado y el aliento para seguir. Con el transcurso del tiempo precisamos recordar y revivir las expectativas que Papá puso en nosotros. Porque el camino que recorremos, el tiempo que pasa inexorable, la rutina, las dudas, el cansancio y la batalla en contra de las tinieblas, nos desgastan y debilitan nuestro llamado inicial, casi sin que nos demos cuenta.
Nuestro llamado es fruto de otros anteriores. Quienes nos anteceden en la fe, ya sean familiares o no, son parte del encadenado del plan de Dios. Un llamado generacional.
Tu llamado y respuesta son parte del proceso que afectará a futuras generaciones. Tu contestación y obediencia a Dios son trascendentales para los futuros llamados de las generaciones que siguen, en tu propia familia, en quienes discipulás o enseñás, y todo aquel que es influido por tu sola presencia. Sos responsable por el cumplimiento de tu llamado y el de los que te rodean.
Nuestra iglesia te necesita, todos quienes te rodean son influenciados por tu compromiso y amor a Dios. Tu misión no se termina… se completa en las nuevas generaciones.
Ruth O. Herrera
