Misterio

Así como no puedes entender el rumbo que toma el viento ni el misterio de cómo crece un bebecito en el vientre de su madre, tampoco puedes entender cómo actúa Dios, quien hace todas las cosas.

Eclesiastés 11:5 (NTV)

Vivimos en una época en que las personas creen que los límites son negativos y que, con los recursos adecuados, será posible traspasarlos. Estamos casi convencidos de que todo lo podemos, hasta que surge algo que nos deja desorientados: un virus desconocido, una sequía inesperada o lluvias repentinas que inundan lugares y los dejan inhabitables por mucho tiempo.

El autor de Eclesiastés utiliza dos figuras para explicar que hay temas fuera del alcance del conocimiento humano: la del viento y la de un bebé en gestación. Y aunque la ciencia ha avanzado mucho, el servicio meteorológico a veces se equivoca cuando pronostica el clima; los médicos hacen un gran trabajo, pero en ocaciones diagnostican que un bebé nacerá enfermo y contra todo diagnóstico, la madre cumple el tiempo de gestación y su hijo nace completamente sano. Estos ejemplos no niegan la importancia de la ciencia, solamente reconocen sus límites.

Necesitamos hacer lugar para el misterio y aceptar que no podemos conocerlo todo ni controlarlo todo.  El predicador afirma que no podemos entender cómo actúa Dios.  Para ilustrar este concepto bíblico, comparto la historia siguiente:

Un profesional trabajaba para una organización cuyo propósito era ayudar a los necesitados. En cierta ocasión, su jefe le dio una orden no solo contraria a sus convicciones personales, sino a los valores de la institución. Obviamente no podía obedecer y renunció a su trabajo allí, pero no a su vocación de ayudar a otros. Pasado el tiempo, se dio cuenta de que guardaba resentimiento hacia esta persona y eso estaba afectando su salud. Fue entonces cuando recordó las palabras de Jesús:

»Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los maltratan.

Lo puso en práctica porque esperaba que su exempleador reconociera su falta o, por lo menos, le pidiera disculpas. Esto nunca sucedió. Sin embargo, decidió continuar con el hábito de bendecir a cuanta persona lo ofendiera, lo ignorara o cometiera alguna injusticia contra él. ¡Algunos días, el ejercicio de bendecir en voz baja era casi constante! Eligió persistir en obedecer lo que Dios le pedía y su vida poco a poco fue transformada. Aprendió que sus expectativas no siempre se cumplían como deseaba, ni los recursos venían de aquellos a quienes él recurría en primer lugar, pero aparecían. Oportunidades insospechadas, de pronto, se abrían ante sus ojos; personas desconocidas le facilitaban la ayuda que necesitaba. ¡Estaba sorprendido! Sin duda alguna Dios obraba aunque no pudiera entender cómo lo hacía.

La historia que te conté es real. Claro, no es la tuya. Vos tendrás que agudizar tus sentidos espirituales para percibir qué es lo que Dios te indica que hagas, aunque no puedas entender cómo obra y seas blanco de maltrato o injusticias en el ámbito en que te desempeñes. ¡Es todo un desafío! pero contás con el respaldo divino para moverte en el espíritu contrario al del mundo.

 

 

Mónica Lemos