Juan le dijo: —Maestro, vimos a alguien expulsando demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo porque no era uno de nosotros.
Pero Jesús le dijo: —No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes.
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Lucas 9: 49-50 PDT
En Palestina era muy común encontrar exorcistas en las calles, pero para Juan este hombre en particular era un “competidor”. ¿Cómo se atrevía a usar el nombre de Jesús a su antojo?
Los celos de Juan se hicieron visibles, no aguanto la situación y fue directo al Maestro. Era claro que este muchacho al que Jesús amaba no estaba dispuesto a compartir el crédito de ser “discípulo”. Un celo casi desmedido, más bien, un orgullo exagerado.
Es verdad que había mucho que Juan todavía no entendía y su camino estaba recién empezando, pero en este relato podemos ver a un joven partidista, que no entendía lo universal del evangelio, como si seguir a Jesús lo convirtiera en parte de un grupo de elite, superior a otros.
Cuando se es joven todas las emociones se viven más intensamente, y en este discípulo se notaba que su pasión no le era fácil de controlar. Tomo por si solo la decisión de callar a aquel hombre que usaba el nombre de su maestro para liberar, y después fue a contárselo esperando aprobación. “Jesús… ya tome cartas en el asunto”
Él era un seguidor legítimo, es más, había sido encomendado para esa tarea no hacía mucho tiempo, y ver ese rol en otro lo enojó demasiado.
Pero como siempre, ahí estaba el Maestro para ubicarlo y llevarlo al verdadero evangelio, el de la inclusión, el de brazos abiertos, que no desecha ni discrimina. El evangelio del Reino para todos.
Con los años, encontramos a Juan, maduro y sabio, escribiendo un evangelio de amor, cartas sabias y hasta una revelación trascendental para el cristianismo. Jesús no se equivocó con él, ni con las expectativas de que fuera un gran hombre en la fe. Por su sabiduría, paciencia, amor, y dedicación, puso toda su confianza en aquel muchacho fogoso, aunque parece que su transformación no fue fácil.
Vivir una vida llena del Espíritu en medio de la competencia de este tiempo no es posible sin una comunión intensa como la que tuvieron Jesús y su discípulo amado. Lo divino y lo humano se unen en nuestra experiencia devocional, íntima y constante con Cristo. Entregarle a Dios nuestro “orgullo santo” suele ser una tarea complicada, sobre todo cuando no lo detectamos o podemos reconocer.
Los celos ministeriales existen… Todos tenemos “un celo por las cosas santas” que puede transformarse en una debilidad que nos atrasa y complica nuestro servicio. Así que necesitamos hacer el ejercicio casi constante que Jesús hacía sirviendo a otros con la autoridad que da la verdadera humildad.
Entonces voy a pedirles algo que me haría completamente feliz: tengan la misma manera de pensar, el mismo amor y las mismas metas. No hagan nada por rivalidad ni orgullo. Sean humildes y cada uno considere a los demás como más importantes que sí mismo. Que cada uno no busque su propio bien, sino el de los demás.
Filipenses 2. 2-4 PDT
Aprendí sirviendo con diferentes hermanos, en lugares distintos, con diferentes recursos, en grandes y multitudinarios eventos, con líderes de renombre, y en congregaciones en las que diez personas eran una multitud, que el ver y admirar aquel con quien estoy sirviendo hace la tarea más fácil y efectiva porque Jesús tiene el protagonismo. La unidad en el servicio se edifica al orar por el otro y celebrar cada uno de sus aciertos.
Hablando menos de mí y más del Rey…
¿Sentiste alguna vez que hubo competidores para tu ministerio?
¿Cómo fue tu reacción…?
Ruth O. Herrera
