No y no

Moisés se cubrió la cara porque tenía miedo de mirar a Dios. Pero el SEÑOR dijo: —He visto lo mucho que ha sufrido mi pueblo en Egipto de mano de sus opresores y he escuchado sus lamentos. Estoy consciente de su dolor. Ahora voy a bajar a salvar a mi pueblo de los egipcios. Los voy a sacar de allá y los voy a llevar a una tierra buena y espaciosa que rebosa de leche y de miel. Es la tierra de los cananeos, heteos, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos. He escuchado los lamentos de los israelitas y también he visto la crueldad con la que los egipcios los tienen sometidos. Así que tú irás allá porque te voy a enviar ante el faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, el pueblo de Israel.

Éxodo 3: 6-10 PDT

Moisés le respondió: —¿Qué hago si no me creen o no me escuchan? Ellos van a decir: “El SEÑOR no se te ha aparecido”.

 Éxodo 4: 1 PDT

No hubo ningún argumento de valor dado por Moisés para que Dios cambiar de plan. Lo que él veía de sí mismo como era radicalmente diferente a lo que veía Dios. Ni la señal del monte, la vara hecha serpiente, la mano leprosa, ni la propuesta de cambiar el agua en sangre, absolutamente nada hacía que aquel hombre estuviera dispuesto.

“Soy torpe, tartamudo y muy poco convincente ¡jamás el faraón me hará caso!”

Y finalmente Dios se enojó… pero no desistió. “Vas a hacer lo que te mando… la última palabra siempre la digo Yo”

Moisés fue a Jetro, su suegro y le dijo: —Por favor, déjame regresar a Egipto, pues quiero ir a mi pueblo para ver si todavía viven.

Finalmente, no muy convencido Moisés acepto el reto. No podía enfrentar su misión, dudaba al punto que no se animó a decirle la verdad su suegro y comenzó su misión con una mentira, justificó su regreso Egipto como un viaje de reencuentro familiar.

Imagino que en su largo viaje este hombre ya entrado en años no podría sacar de su cabeza las ideas de fracaso, miedo y descrédito. Ya no era el príncipe importante, se había transformado en un campesino rústico. Dentro de sí todavía seguía huyendo de Egipto.

Hasta este momento quien después fuera un gran líder no creía en su misión y mucho menos en sí mismo.

Sin embargo, Moisés llegó a enfrentar al faraón, tomó la decisión de obedecer, de arriesgarse y ese fue el comienzo de su propia libertad, la que lo llevaría a ser el patriarca que fundó una nación.

Su primer deseo fue que Dios cambie de opinión, y a lo largo de su vida siguió negociando el plan maestro, pero ya no con un Dios desconocido sino con su Señor y amigo.

Volvió a Egipto a liberar a su pueblo, pero primero descubrió su libertad, recobró la confianza, aprendió a creer y obedecer al Señor.

No siempre estar dispuesto es sinónimo de estar vencido, la obediencia muchas veces tiene un matiz de resignación dejando que las cosas solo sucedan, sin provocarlas. Aceptar la voluntad de Dios es cederle a Él nuestra propia voluntad, dejarlo diseñar y hacer cambios en nuestros días.

No siempre queremos hacer la voluntad de Papá… de hecho no siempre la hacemos.

Moisés al aceptarla vivió un proceso de cambio hasta el fin de sus días que lo llevó a desear y hacer lo que Dios le decía, y fue así que llegó a ser “amigo de Dios”. Cambio sus propios deseos por seguir el plan hasta el punto en que su mayor ambición fue ver Su rostro.

Hoy conocemos que ese hombre de edad media que llegó a la ancianidad siguiendo los pasos de su Señor enfrentó sus crisis, sus miedos y sus debilidades cuando dejó de resistirse a Dios.

Si Dios te está buscando, si te llama y te muestra su amor… si te está pidiendo que le entregues algo, vas a tener que enfrentar esa crisis y estar dispuesto, dispuesta al cambio

                              Ruth O. Herrera