Esta oración fue entonada por el profeta Habacuc: «He oído todo acerca de ti, Señor. Estoy maravillado por tus hechos asombrosos. En este momento de profunda necesidad, ayúdanos otra vez como lo hiciste en el pasado. Y en tu enojo, recuerda tu misericordia. « ¡Veo a Dios cruzando el desierto de Edom; el Santo viene desde el monte Parán! Su brillante esplendor llena los cielos, y la tierra se llena de su alabanza. Su llegada es tan radiante como la salida del sol. Rayos de luz salen de sus manos, donde se esconde su imponente poder.
Habacuc 3. 1-4 (NTV)
(Énfasis del autor)
Sin disimular sus sentimientos ni esconder su queja, pero manteniendo una actitud de espera activa de la respuesta divina, en un momento determinado, toda la perspectiva del profeta cambia. Y entona una oración (las notas al pie de esta versión aclaran que el texto hebreo incluye una palabra que puede indicar un arreglo musical para la oración). La realidad que vive sigue siendo la misma, reconoce que es un tiempo de profunda necesidad y pide Su ayuda, pero desde otro lugar… su clamor se hace canción.
Este hombre atraviesa, paso a paso, un proceso interno que es muy intenso. Su dilema está en que, como dijimos en días anteriores, no puede entender cómo relacionar lo que conoce del carácter de Dios con la realidad de sufrimiento, pérdida y derrota que atraviesa su nación mientras los enemigos parecen triunfar.
El profeta conoce la muy bien la historia de todo lo que Dios hizo anteriormente por ellos y se lo “recuerda”: ayúdanos otra vez como lo hiciste en el pasado. Sabe que esa es su única esperanza, un ancla segura a la cual aferrarse.
La referencia al desierto de Edom y al monte Parán no es casual. Estos dos sitios se asocian con la imborrable experiencia del pueblo cuando Moisés subió al monte Sinaí y recibió los diez mandamientos. Se escuchó la voz del Señor en medio de grandes manifestaciones de la naturaleza como relámpagos, truenos, una espesa nube, sonido de bocina, fuego y humo. (Ver Éxodo 19. 16-19).
Con este recuerdo en mente, su espíritu ve a Dios que llega en su auxilio y la descripción que hace es maravillosa. El todopoderoso viene y él trata de balbucear algunas comparaciones con la naturaleza (porque ¿quién puede expresar en palabras humanas la majestad del Dios vivo?) las expresiones que salen de sus labios tienen que ver con el brillo, el esplendor, su arribo radiante como la salida del sol y rayos de luz de poder que salen de “sus manos” (las manos del Señor se utilizan como una metáfora para describir su poderoso obrar).
Como le sucedió a Habacuc, hay un momento en el que, si recordamos los hechos poderosos de Dios en el pasado y elegimos mantener nuestra sintonía con Su voluntad, nuestra oración tiene la opción de girar: ir desde la necesidad y la desesperación hacia la posibilidad de maravillarnos por Sus obras y ver en el espíritu aquello que humanamente es imposible de discernir.
Ir desde el “¿hasta cuándo? y ¿por qué?” hasta el Su brillante esplendor llena los cielos, y la tierra se llena de su alabanza.
Es esa capacidad que Dios habilita de percibir en el espíritu lo que aún no sucedió como una realidad que ya está consumada. Y abrazar con todas las fuerzas esa perspectiva.
Mónica Lemos
