El hermano mayor estaba en el campo y al acercarse a la casa, escuchó la música del baile. Entonces llamó a uno de los siervos y le preguntó: “¿Qué es todo esto?” El siervo le dijo: “Tu hermano ha vuelto y tu padre mandó preparar el mejor ternero porque lo recuperó sano y salvo”. El hijo mayor se enojó mucho y no quiso entrar. Entonces el padre salió a pedirle que entrara. Pero él le respondió a su padre: “Yo he trabajado para ti todos estos años, no he dejado de obedecerte, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrar con mis amigos. En cambio, cuando llega ese hijo tuyo, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el mejor ternero”.
Lucas 15: 25-30 PDT
Como el hijo que volvió arrepentido, todos en algún momento necesitamos experimentar el perdón de Dios y de los demás. En la comunidad de una iglesia sanadora, es vital ofrecer un espacio de restauración y renovación para aquellos que buscan volver a sus raíces espirituales. Como hijos del Padre tenemos que estar dispuestos a perdonar si hubo ofensa y restaurar relaciones que faciliten volver a disfrutar el amor del Padre.
Y sobre todo, ámense profundamente, porque el amor es capaz de perdonar muchas ofensas. Reciban a todos en su casa sin quejarse.
1° Pedro. 4: 8-9 PDT
Pero hay una perspectiva que nos iguala a todos, si miramos como el hermano mayor. Desde la circunstancia de este muchacho, su enojo podría estar justificado. El responsable, el trabajador, el cuidador y compañero del padre, el que conocía los detalles de la casa y seguramente de la economía; después de todo, él trabajó durante todo el tiempo que su hermano despilfarró su herencia.
Y, generalmente nos enfocamos en la historia del hijo que regresa arrepentido a casa, pero ¿qué hay del hermano mayor? ¿Por qué él debería celebrar el regreso de su hermano? ¿Una fiesta que premie el error?… ¡No estoy de acuerdo!
El hermano menor regresó sin herencia y es recibido con alegría y celebración ¿No era válido el enojo del hermano mayor? ¿No tenía motivos para sentirse abandonado y desplazado?
¿Te suena parecido a alguna actitud que hayas tenido alguna vez? Me acuerdo de aquella vez que había limpiado la casa y ordenado muy bien la cocina porque mamá y papá volvían de un congreso. Tres días en que tres hermanos, al cuidado de una abuela permisiva, habiamos disfrutado el no mantener las cosas en orden. La consigna era: “el último día todos ordenamos”. Pero fue justo cuando mi hermana tenía que estudiar para un examen y mi hermano competía en el colegio. Así que fui la hija responsable, amorosa, dedicada y extraordinariamente ordenada que cualquier padre o madre quisiera tener. Pero al llegar, y antes de que vieran el cartel de bienvenida que puse en la entrada, mis hermanos corrieron a abrazarlos y pedir los regalos que nos habían prometido. En fin…todos recibimos los mismos regalos, pero no todos fuimos igual de felices.
Cuando miramos desde un ángulo de comparación o del propio esfuerzo, el otro siempre pierde. Hacé memoria por un momento, quizás ya fuiste el hermano mayor. Todos necesitamos alguna vez vivir la situación de aquel hermano para reconocer que no hay injusticia en el amor de Dios. Creo que los hermanos necesitaban otra oportunidad.
Después de recibir el dinero, esos trabajadores comenzaron a hablar mal del dueño de la viña y le dijeron: “Los que llegaron a las cinco de la tarde sólo trabajaron una hora, pero usted les pagó a ellos lo mismo que a nosotros, que trabajamos todo el día aguantando el calor. Eso no es justo.” Pero el dueño le contestó a uno de ellos: “¡Mira, amigo! Yo no he sido injusto contigo. Recuerda que los dos acordamos que tú trabajarías por el salario de un día completo. Toma el dinero que te ganaste, y vete. No es problema tuyo que yo les pague lo mismo a los que vinieron a las cinco. Yo puedo hacer con mi dinero lo que me parezca. ¿Por qué te da envidia que yo sea bueno con los demás?”
Mateo 20: 11-15 TLA
Ruth O. Herrera
