Oyentes respetuosos

«Mis amados hermanos, quiero que entiendan lo siguiente: todos ustedes deben ser rápidos para escuchar, lentos para hablar y lentos para enojarse».

Santiago 1:19

En esta semana enfatizamos las grandes posibilidades que se nos abren para presentar el Evangelio cuando somos capaces de participar de conversaciones sinceras. En ese terreno, tenemos mucho para revisar y aprender, por algo Santiago se encargó y fue tan específico en la instrucción que nos da en el versículo de hoy, cuyas expresiones en esta traducción son muy reveladoras. Se nos dice que para una cosa hay que estar siempre listo, mientras que para la otra no hay que apurarse. Este consejo va más allá de nuestra personalidad. No importa si somos extrovertidos o tímidos, y no importa cuán interesante puede sonar el tema que el otro esté poniendo sobre la mesa; la prioridad siempre será escuchar, y hacerlo bien.

Más que solo silencio

La de Santiago no es la única referencia bíblica al respecto. Muchas veces se nos pide ser prudentes con nuestras palabras y atentos con las de los demás. A Jesús le gustaba decir con frecuencia: «El que tenga oídos para oír, que escuche y entienda» (Mateo 13:9). Esto es precisamente lo que planteamos en estos días, porque una de las necesidades más importantes que tiene el ser humano es la de ser escuchado y comprendido.

El arte de protagonizar buenas conversaciones pasa en gran medida por estar dispuestos a escuchar. Quizás el primer paso sea tener la suficiente autocrítica para reconocer que muchas veces solo hacemos silencio para pensar qué vamos a decir después. En esos casos no nos ponemos en el lugar del otro ni buscamos entenderlo, simplemente procuramos reunir elementos para dar un consejo, para refutar, para justificarnos o lo que creamos necesario.

Humildad

Escuchar es todo un acto de humildad. Es ponerle un freno a todo lo que tengo que hacer, a todo lo que sé y a todo lo que yo siento – «merezco ser escuchado»-, para brindarle mi oído y el lugar de importancia a otra persona. Cuando escucho me muestro generoso, y eso siempre despertará algo positivo del otro lado. Henry Nouwen decía: «Escuchar es muy duro porque nos pide tanta estabilidad interior que ya no necesitamos impresionar con discursos, argumentos, afirmaciones o declaraciones».

Puede haber muchas razones para no escuchar, pero el Señor tiene que ayudarnos a abandonarlas. Es posible que solo seamos distraídos, pero también es muy común que el orgullo, el egoísmo, el miedo, el resentimiento o el vivir a la defensiva, nos hagan estar en una permanente actitud de alerta. Todos podemos aprender a escuchar mejor, y es una habilidad que deberíamos añadir a nuestro repertorio de buenos modales sociales, mucho más cuando dimensionamos el valor espiritual que hay detrás.

Proverbios 20:12 dice: «Los oídos para oír y los ojos para ver: ambos son regalos del Señor». Propongámonos empezar a valorar este verdadero don otorgado por Dios, y agreguemos a esa capacidad física natural con la que nacimos, una predisposición divina para mostrarles a nuestros semejantes atención y respeto, actitudes que no abundan en nuestra sociedad. 

Respeto

¿Estaríamos dispuestos a escuchar con atención a alguien que no piensa como nosotros? Si queremos que otras personas respeten lo que pensamos y creemos, mínimamente nosotros también tendremos que hacer lo mismo. No hablamos de coincidir ni de aprobar lo que todos tengan para decir, nos referimos al excelente gesto de amor que significa escucharlos.

Conocer a Jesús le significó a nuestra vida haberse encontrado con la verdad, porque Él es la verdad personificada (Juan 14:6), no nosotros. A nadie le gusta estar frente a alguien que se siente dueño de la verdad y que desde su lugar de superioridad desacredita y le baja el precio a todo lo demás. Ni Jesús, ni los apóstoles se manejaron de esa forma con la gente.

No estaría mal ir un poco más allá, y estar abiertos incluso a aprender de los demás. De todos podemos aprender algo, más allá de que sus ideas políticas o espirituales estén lejos de las nuestras. Escuchemos con atención y valoremos la sinceridad, la pasión o lo que sea que encontremos en las palabras que oigamos. Al final, y luego de un tiempo de haber hecho lo correcto, nos habremos ganado el respeto y la confianza para transmitir ese mensaje que a nosotros nos cambió la existencia.

Acción:

Hoy haremos lo necesario para hacer silencio y escuchar con atención y sin apuro a las personas que Dios nos ponga delante. Sin apurarnos para hablar u opinar, seremos respetuosos de nuestros semejantes.

Oración:

Pedimos por la humildad espiritual que necesitamos para ser buenos oidores.

Oramos para que el Señor nos revele si hay orgullo en la actitud que mantenemos en nuestras conversaciones, y moldee esa parte de nuestro carácter.

 

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