Y así, la bendición y la maldición salen de la misma boca. Sin duda, hermanos míos, ¡eso no está bien! ¿Acaso puede brotar de un mismo manantial agua dulce y agua amarga?
Santiago 3:10 y 11 NTV
(Énfasis del autor)
Vivimos en un mundo donde abundan las palabras. Nos expresamos a través de ellas y también escuchamos a otros. Estamos tan acostumbrados que muchas veces no les damos importancia, sin embargo reflejan claramente lo que sucede a nuestro alrededor. La gente habla por teléfono a viva voz mientras viaja en tren, por ejemplo, de manera que todos podemos participar involuntariamente de sus charlas o discusiones.
La sensación es la de estar sumergidos en un universo de conversaciones. Muchas de ellas sin sentido, solo para llenar espacios, y otras ásperas y descalificadoras.
Algunas palabras se repiten como eco de las propuestas de los medios. Se pusieron de moda dos o tres términos que sirven de relleno para reemplazar la pobreza de vocabulario. Te menciono algunas: picante, emblemático, icónico… Tal vez las hayas escuchado, leído y hasta pronunciado en algún momento. Este es un dato anecdótico, solo para que sonrías un momento.
Sin embargo, hay otros términos que también conocemos muy bien. Cada uno tiene su propio repertorio de expresiones que no bendicen, por decirlo de una manera suave, pero que nos cuesta refrenar cuando estamos cansados, frustrados o irritados. Y últimamente ¿quién no lo está de vez en cuando?
Es todo un desafío expresarse como conviene para edificar al otro, sobre todo cuando alguien nos ofende o nos trata injustamente.
Esta es una realidad que nos afecta a todos, como dice Santiago
Todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice es una persona perfecta, capaz también de dominar todo su cuerpo.
Santiago 3:2 NVI
Ninguno de nosotros es alguien perfecto, por lo tanto es sano reconocer que muchas veces fallamos en lo que decimos y podemos lastimar a alguien. Por eso se nos advierte
…la bendición y la maldición salen de la misma boca. Sin duda, hermanos míos, ¡eso no está bien!
Dicho de otra manera, podemos expresar las palabras más hermosas en un momento e instantes después herir a alguien con una palabra áspera o descortés. No siempre es con mala intención. Pero sucede. Alguien nos dice algo que no nos gusta o en un tono que nos suena mal e inmediatamente reaccionamos. Podemos responder de la misma manera o quedarnos callados, pero levantar una barrera interior para estar a salvo. Estas dos opciones dependen de tu personalidad.
Si sos del tipo impulsivo, alguien te maltrata verbalmente y vos, sin pensarlo, devolvés el golpe. En cambio, si sos más tímido tu reacción instintiva puede ser retraerte y poner distancia.
¡Es tan difícil comunicarnos bien! Realmente es un arte. Por algo el apóstol Santiago le dedicó un capítulo entero de su carta.
Dios desea que podamos expresarnos de modo que nuestras palabras edifiquen a otros y puedan construir relaciones duraderas y fructíferas. Se puede lograr si le permitimos que Él se involucre en nuestras relaciones. Hay esperanza para nosotros, los que vamos a tientas en el arte de comunicarnos con eficacia.
Hoy el Señor te invita a detenerte delante de Su presencia y pensar qué tipo de agua fluye de tu manantial ¿es dulce o amarga?
Jesús dijo que de la abundancia del corazón habla la boca. (S. Mateo 12:34b NVI)
Lo que haya en tu interior se va a expresar en tus dichos. A su vez, la manera en la que alimentes tu interior va a exteriorizarse por medio de tu forma de hablar. Es un proceso constante. Por eso cada día tenés la oportunidad de elegir qué alimento vas a incorporar a tu dieta. Si te alimentás de bronca, expresarás bronca; si te alimentás de la esperanza que viene del cielo, expresarás esa esperanza.
Mónica Lemos
