Y nosotros hemos recibido el Espíritu de Dios (no el espíritu del mundo), de manera que podemos conocer las cosas maravillosas que Dios nos ha regalado. Les decimos estas cosas sin emplear palabras que provienen de la sabiduría humana. En cambio, hablamos con palabras que el Espíritu nos da, usando las palabras del Espíritu para explicar las verdades espirituales.
1° Corintios 2: 12 y 13 (NTV)
Hace unas semanas, compartí una charla con alguien a quien hacía tiempo que no veía. Preguntó cómo estábamos y le comenté algunas situaciones familiares. Sus intervenciones fueron precisas; cada frase que decía mostraba su comprensión de nuestro contexto de vida y, sobre todo, un genuino interés. Era nítida la sensación de que Dios me hablaba a través de otra persona. No mencionó una lista de versículos, ni expresó palabras superficiales de aliento. El ambiente era distendido, y el único texto que citó (no de memoria, sino con sus palabras) fue certero. Así, mientras saltábamos de un tema a otro, se estaba produciendo un encuentro del Espíritu que nos dio aliento y expectativa en medio de un prolongado estrés.
Es más, creo que ni siquiera se dio cuenta del efecto que tuvo su conversación. Solo hablamos y se fue. Simplemente. Durante los días que siguieron pensé: “¡cuántas veces hacemos énfasis en que tenemos que bendecir a las personas de parte de Dios!”.
Nos congregamos; escuchamos mensajes; leemos la Biblia; oramos. Aun así, llegado el momento, cuando hablamos con alguien oímos a medias y tal vez respondamos con frases hechas, no siempre acertadas. Luego nos preguntamos ¿por qué no llegan a la verdadera necesidad? Si la Palabra tiene poder, ¿por qué parece que resbala sobre aquel que la necesita? Seguramente no hay una única respuesta a estas preguntas. Podrás pensar que depende de la actitud del que las recibe, y es así, pero solo en parte.
En lo personal, este encuentro me confrontó con la actitud que debería tener al acercarme a otros. Sean o no de la familia de la fe. Me hice varias preguntas:
Cuando le pregunto a alguien cómo está ¿realmente me interesa saberlo? ¿Soy yo la que escucha o son mis prejuicios? ¿Aplico los textos como receta para cualquier situación, independientemente de quien tenga delante? ¿Puedo detenerme el tiempo suficiente como para percibir la impresión que el Espíritu quiere darme?
Todos creemos que la historia de cada ser humano es única, no obstante, nuestra mente alinea la información que recibe e inmediatamente trata de que encaje con las ideas previas que tiene. De este modo, se complica sintonizar con el cielo para que nuestra perspectiva no impregne las palabras que decimos. Creo, por mi propia experiencia, que muchas veces alguien puede creer que habla por el Espíritu, pero no es lo que realmente sucede.
¿Te parece un poco dura esta reflexión? ¿Te sucede algo parecido? Si es así ¿estás dispuesto a cuestionar tus palabras y a desafiar tus preconceptos? La propuesta es que lo hagas delante de Dios, para ser consciente de tu propio sentir, luego podrás entregarlo en oración y pedirle la disposición para recibir lo nuevo que el Espíritu quiere darte.
Yo lo necesito. Esa visita me confrontó, sin proponérselo, con mi propia dificultad para percibir el suave susurro del Santo Espíritu.
Mónica Lemos
