Yo no hablo con autoridad propia; el Padre, quien me envió, me ha ordenado qué decir y cómo decirlo.
Juan 12:49 (NTV)
Estas son palabras de Jesús. Él hablaba lo que el Padre le ordenaba decir. Cuando nosotros hacemos lo mismo, esas palabras pueden transformar vidas. No se trata de citar literalmente textos de la Biblia en cada situación. Eso puede sonar solo a jerga evangélica y causar el efecto opuesto al que el Señor busca.
Cristo era sobrenaturalmente sencillo. Hablaba el lenguaje de la gente del pueblo. Ni siquiera cambiaba su vocabulario cuando estaba con la elite religiosa de su tiempo. ¡Claro que podía citar textos enteros de las Escrituras! Sin embargo, la mayoría de las veces tomaba un versículo del Antiguo Testamento y lo reformulaba con sus propias palabras. Su Padre le mostraba qué decir y cómo decirlo y por eso siempre su palabra cumplía el propósito divino.
¡Qué decir de los silencios plenos del Señor! Uno de los más recordados es aquel que se produjo cuando le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio y le pidieron su veredicto. Jesús se quedó callado. Cuando habló fue certero, tanto que no quedó nadie alrededor, excepto la mujer que fue perdonada.
Nosotros no le damos tanto valor a las palabras. Decimos que sí, y lo hacemos sinceramente; no obstante, por ejemplo, no alcanza con que expresemos a viva voz que Jesús es el Rey de nuestra vida. En Argentina tenemos un gobierno democrático; la idea de un rey nos es totalmente ajena, aunque forme parte del bagaje cultural bíblico. Él es Rey de reyes y Señor de señores, pero ¿qué significa en nuestro día a día? Que vivimos bajo su gobierno; que dirige nuestras decisiones; que obedecemos lo que dice; que su poder se manifiesta en cada aspecto del Reino al que pertenecemos. Es difícil porque no es un reino con territorio visible. Sus leyes están escritas en nuestro interior; obedecemos porque el Espíritu, que nos muestra a Cristo, fluye en nosotros. Si no es así, estaremos reproduciendo palabras que de tanto escucharlas puede que pierdan el peso de su significado.
Todos estamos en proceso de desaprender lo que traemos por naturaleza, e incorporar la vida del Espíritu: esa clase de vida es la que restaura, sana, libera y transforma. En primer lugar debe comenzar en nosotros; luego en nuestras familias y en la congregación porque los que están fuera necesitan un cambio sobrenatural.
Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo.
Efesios 4:13 (NTV)
La invitación se renueva constantemente: día a día podés afirmar tu identidad en Cristo y dar evidencia de su persona donde te toque estar. Sigamos juntos en esa dirección.
Mónica Lemos
