Palabras

A todo el mundo le gusta una respuesta apropiada;   ¡es hermoso decir lo correcto en el momento oportuno!

Proverbios 15: 23 NTV

 

Hay mucho sufrimiento a nuestro alrededor y aunque estamos enfocados en compartir el mensaje de Jesús, muchas veces no vemos, no percibimos al otro como sujeto, único, diferente que necesita un acercamiento personalizado. Todos tenemos nuestros propios prejuicios y a veces también algunas recetas que aplicamos indiscriminadamente. Creemos que sabemos cómo es la gente. Y cuando estamos seguros, viene alguien a demostrarnos que vemos con un cristal deformado.

 

La calle es muy ilustrativa en este sentido. Todos los días surgen momentos de tensión que muchas veces se originan en una mala interpretación de lo que alguien dijo o hizo, tal vez sin malas intenciones.

Hace poco, una tarde estábamos paradas con mi hija en el andén de la estación Constitución esperando que llegara el tren. Un hombre nos vio y me dijo gentilmente que no hiciera la fila sino que me pusiera delante de él y en el momento en que la formación entrara subiera con ella. Unos minutos más tarde, llegó el tren y todos corrieron en busca de un asiento. Nosotras subimos y cuando voy a sentarme alguien se cruza y me empuja para quedarse con el lugar. No lo logra y a continuación comienza a gritarme que yo era una mujer muy maleducada y grosera que le había quitado su asiento. Yo quedé perpleja. ¿Cómo alguien puede cambiar tan rápido de parecer en pocos minutos?

Intenté explicarle, pero estaba muy enojado. Así que me disculpé y me levanté para darle el asiento. Recién en ese momento me miró y de repente su actitud cambió por completo. Me dijo muy avergonzado: Disculpe. Me confundí. De hecho usted hizo lo que yo le dije. Yo soy el que le aconsejó que no hiciera la fila y se sentara con su compañera. En el apuro, no me dí cuenta de que era usted.

El incidente terminó bien, gracias a Dios. Ambos sonreímos y le agradecí su gesto. Sus palabras iniciales fueron atentas, consideradas y dichas en el momento oportuno y aunque después la situación se volvió confusa, no hubo mala intención.

 

Es  hermoso y difícil a la vez poder decir lo correcto en el momento oportuno. A mí me cuesta mucho. A veces puedo creer que digo lo correcto y en realidad estoy equivocada, otras veces las palabras son correctas, pero el momento es inoportuno o la persona no está preparada para recibirlas. Y en cuanto a la respuesta apropiada, primero debemos entender qué es lo que en verdad nos quiere decir la otra persona.

 

En estos tiempos es muy común que alguien diga algo y los demás no entiendan. Sucede a menudo. Lo que para mí está claro, para el que me escucha no lo está y viceversa. La comunicación que nutre no es sencilla de lograr porque hay demasiadas interferencias: lo que cada uno cree del otro; lo que percibe; los prejuicios, las distracciones; las preocupaciones que invaden nuestras mentes; los apuros; los diferentes estados de ánimo; la tendencia a etiquetar al otro de acuerdo a criterios puramente subjetivos…

 

Solo Dios conoce los corazones y la necesidad interna de cada persona. Por eso Jesús no  hablaba con todos de la misma forma. Él sabía llegar con sus preguntas y también con sus respuestas a la necesidad que estaba oculta detrás de algún tema de conversación que parecía intrascendente.

 

En esta nueva etapa de nuestra iglesia necesitamos afianzar el sentido de comunidad. Esto se edifica también a través del diálogo honesto, abierto y amoroso. Una conversación guiada por el Espíritu puede establecer puentes sólidos o incluso reparar aquellos que se han deteriorado por malos entendidos.

 

Pedile al Señor que te guíe para que estés atento, alerta. Si te hace falta hacer borrón y cuenta nueva con alguien, imaginate que recién conocés a esa persona y bajá las barreras defensivas. Si lo intentás una vez más,  en Su nombre, es posible que puedas recuperar relaciones que creías ya perdidas.   

 

Mónica Lemos