Parecidos a Papá

Entonces Dios dijo: «Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen, para que sean como nosotros. Ellos reinarán sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, todos los animales salvajes de la tierra y los animales pequeños que corren por el suelo». Así que Dios creó a los seres humanos a su propia imagen. A imagen de Dios los creó; hombre y mujer los creó.

Génesis 1:26-27 NTV

(Énfasis del autor)

Llega la hora indicada en la que un bebé nace y toda la familia está atenta a su llegada.

Y al verlo por primera vez los más íntimos y cercanos se disputan el “honor del parecido”. Los abuelos y tíos son generalmente los primeros en escanear al recién nacido y definir su semejanza como si fuera un trofeo. Y aunque no haya un rasgo definido, de repente la misma criatura tiene los ojos del padre, la boca de la madre, las orejas de un abuelo y las manos de la otra abuela, como si fuera un rompecabezas humano. Es que de manera natural y quizás inconscientemente, todos nos sentimos protagonistas en la vida de esa inocente criatura que no puede defenderse ni elegir a quién parecerse y a quién no. 

¿Te resulta conocida la escena?

Al escribir esto me imagino la fiesta que los ángeles organizan en cada nuevo nacimiento, y a Dios como un Padre amoroso diciendo en voz baja: “¡Que se parezca a mí…! ¡Que se parezca a mí…!”

¿Cómo no desearlo? Es que Él sabe que al crecer cerca de Su Presencia, apegado a su paternidad y conociendo sus palabras, cada día mostrará más su imagen… Un hijito parecido a Papá.  

Como hijos de Dios cada rasgo y marca de dolor o pecado que se provocan en nuestra vida desaparecen al estar en sus brazos y permanecer en su intimidad. Tenemos por naturaleza el ADN de Dios y podemos progresivamente ser su reflejo. 

Como en la familia, que cada día comparte su rutina, gustos, problemas, charlas, etc., con el tiempo los integrantes tienen los mismos gestos, cadencia al hablar, estilos de vida y otros pueden reconocerlo; así la amistad con Dios y Su paternidad activa en nosotros nos da identidad e imagen.

Dios como Papá nos lleva más allá.

Tú relación con Papá te da equilibrio y el resultado de estar bien con Dios es que tu cuerpo y tus estados anímicos van a alinearse a su Espíritu y vas a recibir una salud que incluso no buscaste, va a venir como añadidura. 

El desafío es sostener los encuentros paternales como el sabor diario de vivir en paz, esa paz que sobrepasa todo entendimiento que no solo guarda tu corazón en Cristo Jesús, sino también tus células y todo tu cuerpo. Una paz integral.

Tiempo atrás en un sermón el pastor contó que en las últimas décadas se han estudiado más exhaustivamente las neurociencias y recuerdo que mencionó que en la Universidad de Oxford un equipo multidisciplinario estudió de dónde proviene nuestra religiosidad tomando nota de lo que sucede en el  cerebro de un hombre religioso con resultados muy descriptivos.

Algunas conclusiones demostraron que cuando una persona medita, reza, ora y está en cierta comunión con aquello en lo cree, se provocan muchas modificaciones en el cerebro. Esa modificación afecta a la región en el cerebro llamada amígdala, que es donde reside el miedo. Así notaron que una persona al meditar baja abruptamente su nivel de temor e incluso encuentra placer al despertarse algunas sustancias que antes en un momento de preocupación y ansiedad, o en el stress, estaban totalmente desequilibradas. 

No se si podés identificar esta descripción en tu propia experiencia, pero si lo pensás bien, sabés que ir al encuentro con Dios es recibir un equilibrio que viene directamente del cielo, porque entramos en una comunión más allá de lo natural con el Creador de la vida. 

Es verdad que Dios existe y es verdad que es el autor de nuestro cuerpo, nuestro espíritu y alma, entonces algo va a suceder en Su Presencia al tomar tiempo para vivir en intimidad con Él. Esto es creatividad, es fuerza y dinamismo… Es vida plena.

 

Ruth O. Herrera