Perdonar como fuimos perdonados

Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús: —Señor, ¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano, si me hace algo malo? ¿Hasta siete? Jesús le contestó: —No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

San Mateo 18:21 y 22 (DHH)

 

Una de los hábitos que vamos a tener que desarrollar, ejercitar, afirmar y continuar de por vida es el de perdonar. Siempre y a todos.

La unidad de la iglesia es imposible de lograr si no ejercitamos los “músculos del perdón mutuo” Nadie es perfecto. Todos tenemos diferentes personalidades y enfoques y también atravesamos días malos.

Alguna vez podemos estar de mal humor y herir a alguien con nuestras palabras o con nuestro silencio. Podemos ser injustos, prejuiciosos, creer que los demás nos hieren intencionalmente y otros pueden creer lo mismo de nosotros.

Hay personas que se jactan de ser directos, decir siempre lo que piensan, sin filtro. Se enojan y te arrojan el enojo en la cara. El problema es que justamente suelen ser muy susceptibles cuando alguien les responde de la misma manera. Esto lo sabía el escritor de Proverbios por eso expresó:

 

Las personas sensatas no pierden los estribos; se ganan el respeto pasando por alto las ofensas.

Proverbios 19:11 (NTV)

 

Las relaciones cercanas tienen el potencial de generar confianza y permitirnos disfrutar de amistades verdaderas, pero también de generar malos entendidos y ofender. No obstante una comunidad de fe que no desarrolle relaciones estrechas, que no genere espacios para establecer vínculos genuinos y profundos, perderá parte de la vida plena que Cristo ganó para los suyos.

 

La sociedad vive tiempos difíciles. Hay mucho maltrato verbal, descalificación y ofensas reiteradas. Sin embargo, como dice la Escritura “entre ustedes no será así” el reino de Dios se rige por normas diferentes.

 

Generalmente elegimos ser espectadores, no relacionarnos, no comprometernos. Aun en nuestro ambiente evangélico sucede que nuestras interacciones se reducen al saludo amable y alguna pregunta general del tipo ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Ese breve intercambio provoca respuestas generales, respondemos por cortesía “Sí, claro, todo bien” pero no llegamos a conectar realmente.

 

Jesús tenía una capacidad única para relacionarse con todo tipo de personas. Las aceptaba y las valoraba. Siempre les decía la verdad, pero los miraba y los trataba con amor. Sus discípulos a veces estaban enredados en otras perspectivas. Pedro, creo yo, era un poco justiciero… quería actuar bien, perdonar sí, pero ¿cuántas veces? Como era alguien directo, se lo preguntó al Maestro.

No obstante el perdón no surge naturalmente de nosotros y Jesús le hablo a Pedro de la insistencia, de la decisión intencional de perdonar. Por eso es necesario recordar una y otra vez de qué manera fuimos perdonados. Tener la valentía y la humildad de pedir perdón cuando sabemos que hemos actuado mal. No hacernos los desentendidos. También necesitamos la sensibilidad de espíritu para perdonar a otros de corazón sin hacer “pase de factura” ni acumular resentimiento.

Una cosa es pasar por alto la ofensa porque lo decidimos al darnos cuenta cuánto hemos sido perdonados y otra muy distinta es sepultar nuestra herida en el fondo del corazón, acumular resentimiento, esquivar a nuestro hermano y jugar a que está todo bien.

Dios te quiere libre de toda atadura, eso incluye la que provoca la falta de perdón.

 

Mónica Lemos